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2.- EN EL QUE DESCUBRO QUE LO INVISIBLE ES...

  La clase continuó con esa atmósfera rara que queda después de que tu maestro básicamente dice "voy a descubrir quiénes son realmente" como si fuera psicólogo y maestro al mismo tiempo.

  Rygandal estaba parado frente al pizarrón, observándonos con esa expresión neutral que me recordaba a los NPCs de videojuegos cuando están en modo idle. Excepto que este NPC tenía orejas puntiagudas y probablemente podía controlar mentes.

  —En estos momentos —dijo finalmente, rompiendo el silencio—, necesito familiarizarme con los rituales y protocolos de esta institución. —Hizo una pausa, mirando su ropa—. Tengo entendido que estas vestimentas son las adecuadas.

  No era una pregunta. Era una afirmación buscando confirmación.

  Y sí, su ropa era "adecuada". Si por "adecuada" entiendes "debería ser ilegal verse tan bien en una simple camisa blanca y pantalones de vestir". El tipo parecía sacado de un catálogo de ropa que nunca podría pagar. La vida no era justa.

  —Maestro —levanté la mano antes de pensarlo—, ?podemos comer?

  Silencio total.

  Maya me fulminó con la mirada. Una mirada que claramente decía "?en serio, Zev? ?en serio?

  Oye, si el tipo no conocía todos los protocolos, ?por qué no aprovechar?

  Rygandal inclinó la cabeza ligeramente, y sus orejas definitivamente se movían cuando estaba confundido, se orientaron hacia mí.

  —No entiendo por qué pide permiso para algo tan básico. —Había genuina confusión en su voz—. Su cuerpo requiere sustento. ?Por qué esperar autorización para una función biológica?

  Okay, visto desde esa perspectiva, sonaba ridículo.

  —Maestro —Maya intervino con su voz de "voy a salvar esta situación porque alguien tiene que hacerlo"—, tenemos horarios establecidos para ello. La hora del almuerzo es a las diez treinta. Sonará un timbre para anunciarlo.

  Rygandal parpadeó. Una vez. Dos veces y luego sacó una libreta. Una libreta real, de cuero, con páginas amarillentas que parecían más antiguas que mi abuela. No tan bonita como mi abuela, aunque si igual de antigua.

  —Interesante. —Empezó a escribir con una pluma. Una pluma de verdad—. Entonces funcionan como manada. Siguiendo horarios específicos para actividades básicas. —Su voz bajó a un murmullo, pero en el silencio del salón se escuchaba perfectamente—. Eso explica por qué se clasifican a sí mismos en el reino animalia...

  Espera. ?Nos acababa de comparar con animales?

  Volteó a vernos. Su mirada recorrió el salón como si estuviéramos en un zoológico y él fuera el investigador tomando notas sobre el comportamiento de los primates.

  Okay, técnicamente sí somos primates. Biología básica. Pero no tenía derecho a mirarnos así. No me importaba si tenía postura perfecta, cabello de comercial de shampoo, y músculos que se notaban incluso bajo la camisa. No tenía derecho.

  —Bien —Cerró su libreta con un chasquido seco—. Ahora he notado que cargan mochilas. Eso es excelente. Un buen estudiante debe estar preparado para todo.

  Su mirada recorrió el salón otra vez, y luego se detuvo en Armando.

  Armando Gutiérrez. El tipo más callado del salón. El que siempre se sentaba hasta atrás, con su mochila gigante llena de... bueno, nadie sabía realmente qué llevaba ahí.

  —Usted —Rygandal se?aló con un dedo largo y elegante—. Por favor, proceda al frente y muéstreme los artículos que contiene su mochila.

  Armando se puso pálido. Juraría que he visto vampiros menos blancos en televisión. Negó con la cabeza con clara desesperación y rapidez.

  —Necesito ver qué considera necesario un estudiante humano para su desarrollo académico. —Rygandal no sonaba molesto, sonaba...curioso. Como científico pidiendo una muestra—. Proceda, por favor.

  Armando se hundió en su asiento, aferrándose a los bordes del pupitre. Su mirada estaba perdida, como si estuviera buscando una salida en alguna dimensión paralela donde no estuviera a punto de ser humillado públicamente.

  Rygandal movió la mano. Apenas. Un gesto sutil, como sacudirse una mota de polvo invisible.

  Armando se retorció en su asiento. Como si hubiera tocado un cable pelado. Un quejido ahogado escapó de su garganta, y sus manos soltaron el pupitre como si de repente quemara.

  —?Qué...? —susurré.

  Antes de que pudiera procesar lo que acababa de ver, Armando se levantó. No caminó, fue arrastrado, su cuerpo se deslizó por el pasillo como si cuerdas invisibles lo jalaran hacia el frente, sus zapatos chirriando contra el piso de cemento pulido.

  Nadie dijo nada.

  Félix y los demás miraban al frente con esa obediencia robótica. El resto del salón estaba congelado entre el shock y el ?acabo de ver lo que creo que vi?

  Maya tenía la mano sobre su libreta, pero no estaba escribiendo. Solo miraba, con esos ojos que procesaban cada detalle.

  Armando llegó al frente, temblando, con su mochila todavía en los hombros. Rygandal, sin ningún remordimiento aparente, tomó la mochila y la abrió.

  —Interesante. —Sacó un cuaderno con post-its de colores marcando diferentes secciones—. Esta organización es perfecta. Tienen un sistema para las notas clasificado por... —leyó los títulos— ...materia, fecha, y nivel de importancia. Admirable.

  Armando no dijo nada. Solo miraba al piso.

  Rygandal siguió sacando cosas. Un estuche de plumas, una calculadora, folders organizados por color y una revista con una mujer en bikini en la portada.

  Oh no. Oh no no no no.

  El salón entero contuvo la respiración.

  Rygandal sostuvo la revista como si fuera un artefacto arqueológico, girándola para observar la portada desde diferentes ángulos.

  —?Es normal este artículo? —preguntó con genuina confusión—. ?Cuál es la necesidad de llevar esta información sobre las hembras humanas?

  Las risas explotaron. Fue instantáneo. óscar: casi se cae de su silla. Félix estaba llorando de risa. Incluso Maya tenía una micro sonrisa que oculto.

  Armando quería que la tierra se lo tragara. Se veía en su cara.

  —Se?orita Castillo. —Rygandal se giró hacia Maya, todavía sosteniendo la revista como si fuera una bomba sin detonar—. Explíqueme qué ha causado esta reacción.

  Maya se puso roja. Maya Castillo, la chica que había dado discursos frente a toda la escuela sin despeinarse, estaba sonrojada.

  —Eso es un artículo... eh... —tartamudeó—. Prohibido, maestro. No es apropiado que un alumno lo traiga a una institución educativa.

  —?No pueden traer artículos informativos? —Rygandal frunció el ce?o—. Eso contradice la información que me proporcionaron. Los libros tienen un formato similar.

  —No, maestro. —Maya respiró hondo, recuperando su compostura—. Deberíamos continuar con la clase. ?Qué materia va a impartirnos?

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  Noté cómo cambió de tema..Suave y de manera diplomatica

  También noté ese brillo en sus ojos. Esa curiosidad que aparecía cuando algo la intrigaba de verdad. A pesar del momento bochornoso, a pesar del pobre Armando queriendo desaparecer, Maya estaba fascinada con todo este desastre.

  Eso era parte de su encanto. Esas ganas de aprender incluso cuando el mundo se estaba yendo al demonio.

  —?He de suponer que también tienen horarios establecidos para cada materia? —preguntó Rygandal, finalmente dejando la revista sobre el escritorio (boca abajo, gracias a Dios).

  Maya asintió.

  El elfo murmuró algo en su idioma. Sonaba musical pero también sonaba como estos humanos y sus sistemas inferiores. Siguió tomando notas en su libreta antigua, escribiendo con una velocidad que yo llamaría maniática.

  —Voy a necesitar retirarme para preparar su primera prueba. —Anunció esto como si fuera el clima del día—. La realizarán ma?ana.

  Quejas colectivas. Protestas ahogadas y estoy seguro de que alguien dijo una groseria.

  —Aquel examen —continuó, ignorando completamente nuestras reacciones— consistirá en la observación. Les advierto que solo los mejores serán capaces de aprobarlo. Más que un sistema numérico, probará su carácter y qué tan especiales son realmente.

  Nadie estaba contento. Bueno, casi nadie.

  Maya estaba radiante. Sus ojos almendrados brillaban como si le hubieran dicho que había ganado la lotería. Su cara era literalmente un solecito de emoción contenida.

  Y yo, idiota de mí, pensé: Si me va bien en este examen, tal vez Maya se interese en mí.

  Mi cerebro elige los peores momentos para ser optimista.

  —Necesitarán traer sus dispositivos móviles ma?ana —dijo Rygandal—. Son necesarios para documentar parte de la prueba.

  Gritos de felicidad. A nosotros nos prohibían usar celulares en clase, y ahora un maestro nos estaba pidiendo que los trajéramos. Era como si Santa Claus existiera y fuera un elfo interdimensional.

  Rygandal levantó una ceja ante nuestra reacción y anotó algo. Probablemente: Los primates se emocionan ante el uso de tecnología básica.

  —Nos vemos ma?ana. —Recogió sus cosas con esa gracia irritante—. Voy a preparar todo para su evaluación.

  Se detuvo en la puerta, girándose ligeramente.

  —Tengo entendido que no pueden abandonar el aula hasta que transcurra el tiempo asignado. —Sus ojos verdes nos recorrieron—. Se?orita Castillo, ?cuánto tiempo resta antes de que el siguiente instructor llegue?

  —Veinte minutos, maestro —respondió Maya.

  Rygandal asintió una vez y se fue.

  Exactamente tres segundos, hubo silencio absoluto y luego estalló el caos.

  —?VEINTE MINUTOS LIBRES!

  —?Saquen las cartas!

  —?Yo voy al ba?o!

  Marisol fue la primera en levantarse, prácticamente corriendo hacia la puerta con esa urgencia universal de aguanté toda la clase y ya no puedo más.

  Llegó a la puerta y se estampó.

  Cara primero contra... nada, absolutamente nada visible.

  Nos reímos. Porque, claro que nos reímos. Marisol era conocida por ser dramática.

  —?Auch! —Se sobó la nariz—. ?Qué carajos...?

  Volvió a intentarlo. Extendió las manos, tocó el aire frente a la puerta, y sus dedos se detuvieron contra algo sólido. Invisible. Pero definitivamente sólido.

  Tocó de nuevo. Esta vez más fuerte.

  TOC. TOC. TOC.

  El sonido era como golpear una pared. No había nada ahí.

  Las risas empezaron a morir.

  —Marisol, ya déjate de juegos —dijo Carlos, pero su voz sonaba menos segura que antes.

  —Yo creo que te diste muy duro en la cabeza, ?verdad? —se burló Félix, caminando hacia la puerta con una confianza que gritaba yo soy más listo que todos ustedes. Se estaba coiando mi estilo y eso no me gustaba.

  Llegó a la puerta y se preparó para atravesarla con estilo. Se

  estampó igual que Marisol.

  Cayó de espaldas, con un sonido de queja que en cualquier otro contexto habría sido lo más gracioso del día.

  Nadie se rió, por qué. todos acabábamos de entender algo:

  Estábamos, enjaulados como changos.

  —Okay, ya estuvo buena su bromita colectiva —dijo Santiago, como escéptico profesional—. ?Quién cerró la puerta con llave?

  Se acercó. Tocó el marco, tocó el aire frente a la puerta.

  Sus dedos se detuvieron a unos cinco centímetros de la madera.

  —?Qué...? —Presionó más fuerte. Su mano no avanzaba. Como si hubiera un cristal invisible entre él y la puerta—. No inventes.

  El pánico empezó a instalarse. Lento. Como agua fría subiendo.El pánico empezó a instalarse de manera lenta como una piscina totalmente fría, nada disfrutable.

  To?o corrió hacia las ventanas del otro lado del salón. Las abrió porque no tenían seguro, metió la mano…y su brazo se detuvo en el marco. No podía sacar ni un dedo.

  —?Están selladas! —gritó—. ?Las ventanas también!

  Ahora sí había pánico real. Mis compa?eros iniciaron corriendo de la puerta a las ventanas, golpeando el aire, empujando contra barreras invisibles que no deberían existir, pero claramente existían.

  Yo me quedé sentado en mi lugar, observando el caos, porque algo en mi cerebro ya había conectado los puntos.

  Maya estaba muy callada. Se había quedado en su lugar junto a la ventana, mirando a todos con esa expresión analítica que ponía cuando estaba resolviendo problemas.

  Nuestras miradas se encontraron por un segundo.

  Ella entendía lo mismo que yo: esto no era un accidente.

  —?Y si esto es una prueba? —preguntó Maya en voz alta, con esa autoridad natural que hacía que todos la escucharan—. Intenten todas las salidas. Registren qué funciona y qué no.

  Así, en medio del pánico, Maya convirtió el caos en investigación sistemática.

  Organizó grupos. Uno revisando cada ventana, otro revisando la puerta desde diferentes ángulos, otro buscando puntos débiles en las paredes.

  —Usen fuerza bruta —ordenó después de cinco minutos—. A la cuenta de tres, todos empujan la puerta.

  Lo hicieron.

  La barrera no cedió ni un milímetro.

  —Akenev ?tienes tu marcador? —Maya extendió la mano.

  Akenev, todavía en modo semi-zombie pero funcionalmente obediente, le pasó un marcador rojo.

  Maya se acercó a la barrera invisible y empezó a trazar líneas en el aire. El marcador se deslizaba sobre algo sólido, dejando marcas rojas flotando en la nada.

  —Es completamente uniforme —murmuró—. Sin variaciones de densidad, sin puntos débiles aparentes.

  Tocó la superficie con los dedos, como si buscara un interruptor escondido. Presionó, raspó, golpeó con los nudillos, no paso nada. La barrera seguía intacta.

  Yo seguía sentado en mi lugar, viendo cómo mis compa?eros se desgastaban tratando de resolver algo que tenía una respuesta mucho más simple.

  Miré el reloj en la pared :8:47 AM. El siguiente maestro llegaría a las 9:00 AM. En trece minutos.

  —Me voy a dormir un ratito —anuncié, recostándome sobre mi pupitre—. Avísenme cuando se caiga la barrera.

  El silencio que siguió fue del tipo ofendido.

  —Gracias, ya sabíamos que eres un imbécil. No te necesitamos. —Félix me miró con ácido puro en la voz.

  —Imbécil tú, que estás perdiendo contra la nada —respondí sin abrir los ojos.

  Escuché a Félix hacer un sonido frustrado, pero no me molesté en seguir discutiendo porque la verdad era que me había dado cuenta de algo que todos estaban ignorando:

  Rygandal había dicho que nos evaluaría desde ma?ana, pese a eso acababa de demostrarnos que podía crear barreras invisibles. ?Por qué esperar hasta ma?ana cuando podía empezar a observarnos ahora?

  Esto no era un castigo, era. la verdadera prueba.

  Observar cómo reaccionábamos.

  Cerré los ojos, pero estaba prestando atención a todo.

  Maya seguía buscando. La escuchaba murmurar cálculos, dirigir a otros estudiantes, probar diferentes métodos.

  Me di cuenta de algo más: Este elfo, loco o no, había logrado que trabajáramos en equipo. Algo que ningún otro maestro había conseguido en todo el a?o.

  Abrí un ojo ligeramente y observé a Maya.

  Estaba concentrada, con el ce?o fruncido, mordiéndose el labio. Sus manos tocaban la barrera con determinación científica.

  Hermosa, incluso frustrada.

  Los minutos pasaron y Maya dio un suspiro enorme de derrota. Me abrió los ojos completamente el sonido.

  —?Cuál es el motivo de que no quieras ayudar? —Su voz era controlada, pero había algo ahí. ?Decepción? ?Frustración?

  Sus ojos eran inquisidores. Definitivamente no era la mirada que quería que me diera.

  Miré el reloj. Ocho cincuenta y nueva, era ahora o nunca.

  Me estiré, exagerando el bostezo. Caminé hacia la puerta con la parsimonia de alguien que acaba de despertar de una siesta de tres horas. Parsimonia esa es una palabra que vi en un videojuego ayer, no les voy a decir que significa, investíguenle.

  Pasé entre los pupitres y junto a Maya, que me miraba entre confundida y ofendida.

  Llegué donde estaba la barrera. Donde todos habían estado golpeando, empujando, maldiciendo durante los últimos veinte minutos.

  Dudé por un microsegundo y entonces escuché el clic del reloj marcando las 9:00 AM.

  Caminé hacia adelante y la barrera no me detuvo.

  Atravesé la puerta como si nunca hubiera existido nada ahí.

  Me giré hacia el salón, donde todos me miraban con las bocas abiertas.

  —?Pero ?cómo...? —Maya estaba en shock. Maya Castillo, la chica que siempre tenía respuestas, estaba genuinamente sorprendida ese tonito en su voz me dolió porque no era admiración. Era algo entre sorpresa y... ?decepción de que no lo hubiera descubierto ella primero?

  Yo también estaba en shock, honestamente. No estaba cien porcientos seguros de que mi teoría fuera correcta, aunque había funcionado.

  —No fue nada complicado —dije, tratando de sonar casual mientras mi corazón latía a mil por hora—. Supuse que el maestro solo nos quería quietos hasta la siguiente hora. Horarios, ?recuerdan? Como funciona su manada de primates.

  Maya salió del salón, sus pasos eran rápidos, manos apretadas en pu?os, cabeza en alto.

  —A la próxima encontraré la respuesta yo primero —dijo sin mirarme y se fue por el pasillo.

  No disimulaba, estaba ofendida, competitiva Maya estaba en pleno efecto.

  Bien, Zev — pensé—. Yo creo que ahora le agradas más.

  —Creo que se enojó —suspiré en voz alta, derrotado.

  —Excelente observación. —Una voz detrás de mí dijo.

  Rygandal estaba ahí. En el pasillo. ?Cuánto tiempo llevaba ahí?

  —Necesitará esa lógica perspicaz para ma?ana, se?or Reyes. —Sus labios curvaron algo que podría llamarse sonrisa, pero no llegaba a sus ojos—. Aunque debo admitir que esperaba que la se?orita Castillo lo descubriera primero. Ella tiene... potencial considerable.

  No supe si eso era un cumplido para mí o un insulto disfrazado.

  —?Estuvo observándonos todo el tiempo? —pregunté.

  —Por supuesto. —Lo dijo como si fuera obvio—. ?Cómo más podría evaluar su comportamiento natural bajo presión?

  Se fue caminando por el pasillo, su figura elegante desapareciendo en la esquina.

  Yo me quedé ahí, procesando lo que acababa de pasar: Rygandal nos había encerrado deliberadamente, nos había estado observando (?desde dónde?) esperaba que Maya resolviera el acertijo (y no yo). Muy ofensivo de su parte.

  Me recargué contra la pared del pasillo. Ma?ana iba a ser un día muy, muy largo.

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