Nadie avanzó de inmediato.
No fue una decisión consciente. Fue el cuerpo el que se negó a moverse, como si dar un paso después de lo ocurrido fuera una forma de rendición. El aire seguía denso, cargado de esa quietud falsa que el castillo usaba cuando quería que bajaran la guardia.
Dorian fue el primero en reaccionar.
No levantó los pu?os. No habló fuerte. Solo acomodó el peso sobre la pierna buena y miró a Kael de arriba abajo, con esa atención clínica que había aprendido a fuerza de peleas que terminaban mal.
—Dime qué te hizo.
No fue una pregunta amable.
Fue una exigencia.
Kael tardó en responder. Seguía respirando con dificultad, como si cada inhalación tuviera que pasar por un filtro invisible. Cuando habló, su voz era la misma... pero el ritmo no.
—No sé cómo decirlo —admitió—. No fue un golpe. No fue... dolor.
Grek frunció el ce?o. Una chispa mínima danzó entre sus dedos, no como amenaza, sino como comprobación. La magia respondió. Débil, pero obediente.
—Entonces fue peor —murmuró.
Elarith no apartaba la vista. El ojo en su mano estaba abierto, húmedo, siguiendo cada microgesto de Kael con una atención casi reverente. No ardía. No advertía. Observaba.
—?Qué perdiste? —preguntó ella.
Kael abrió la boca. La cerró.
—Eso es lo que no sé —dijo al final—. No siento que me falte algo. Siento que... algo dejó de estar suelto.
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Dorian dio un paso más cerca. El movimiento le arrancó un gesto de dolor que no logró disimular.
—Habla claro.
Kael lo miró. Por primera vez desde que se había incorporado, su expresión no fue teatral ni irónica. Era desnuda. Vulnerable.
—?Alguna vez sentiste que tu cuerpo no era del todo tuyo? —preguntó—. No poseído. No controlado. Solo... mal encajado.
Dorian no respondió. No hacía falta.
—Ya no es así —continuó Kael—. Ahora todo está donde debería estar. Eso es lo que me asusta.
El silencio que siguió no fue cómodo.
Grek carraspeó, incómodo, y se?aló el suelo donde el castillo se había reconfigurado minutos antes.
—Dijiste que las trampas podían usarse al revés.
Kael asintió despacio.
—El castillo no solo atrapa —dijo—. También conserva. Ajusta. Toma lo que sobresale y lo presiona hasta que encaja.
—?Y qué eras tú? —preguntó Grek, con un hilo de paranoia filtrándose en la voz—. ?Lo que sobraba?
Kael no se ofendió.
—Sí.
Elarith sintió que el ojo en su mano se contraía apenas, como si esa respuesta le hubiera resultado... correcta.
—Ya no te mira igual —dijo ella en voz baja.
Kael alzó la vista.
—?Cómo me mira?
—No como a un intruso —respondió—. Tampoco como a una amenaza.
Dorian maldijo entre dientes.
—Eso no es mejor.
Grek tragó saliva.
—?Te responde... o te reconoce?
La pregunta quedó suspendida, peligrosa.
Kael tardó demasiado en contestar.
—No sabría decirte dónde termina una cosa y empieza la otra.
Nadie sonrió. Nadie hizo bromas.
Durante unos segundos, lo único que se oyó fue la respiración irregular de Dorian y el goteo lejano de algo que no lograban identificar.
—Entonces no estás bien —sentenció Dorian.
Kael inclinó la cabeza.
—No —admitió—. Pero sigo siendo yo. Al menos... en lo importante.
Elarith dio un paso al frente. El ojo en su mano giró, enfocado en el rostro de Kael. No había rechazo. No había alarma.
Eso fue lo que la decidió.
—No podemos separarnos ahora —dijo—. Ni confiar del todo. Ninguna de las dos cosas.
—Gran consuelo —gru?ó Dorian.
—Es lo que hay —respondió ella—. El castillo no terminó con nosotros. Eso significa que todavía nos necesita.
Grek miró a Kael.
—?Y tú?
Kael inspiró hondo. Cuando dio el siguiente paso, el suelo crujió suavemente... y el pasillo frente a él se abrió, revelando un corredor que antes no estaba ahí.
No con violencia.
No con ruido.
Con precisión.
Kael se detuvo en seco.
—No me pidió permiso —dijo.
Dorian apretó los dientes.
—Pero tampoco nos cerró el paso.
—Todavía —corrigió Grek.
Elarith bajó la mirada hacia su mano. El ojo parpadeó una vez, lento, satisfecho.
—Sigamos —dijo—. Antes de que cambie de opinión.
Kael fue el último en moverse. Cuando finalmente avanzó, el castillo no reaccionó.
Ya no hacía falta.
Y mientras se internaban en el nuevo corredor, todos compartieron la misma certeza incómoda:
El castillo había tomado algo de Kael.
Pero a cambio, les había devuelto el camino.
No significaba salvación.
Solo continuidad.
Y en ese lugar, eso era lo más parecido a una tregua.

