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Capítulo 11 - Un eco con tu rostro

  Elarith caminaba todavía temblando, una mano apoyada contra la pared húmeda del pasillo. Su pulso seguía desbocado desde la capilla, desde ese ángel que no era un ángel, desde la mano que no había perdido pero que ahora la observaba desde dentro. A cada movimiento, sentía el parpadeo húmedo bajo la piel: un ojo enterrado en su propia carne.

  “Todo está bien”, murmuró, aunque sabía que era mentira.

  Las voces del castillo se habían vuelto más intensas. Susurros que se estiraban como dedos, rozándole la nuca… y algunas voces susurraban su nombre. Otras, como si disfrutaran saboreándolo.

  Cuando dobló por un corredor iluminado por llamas azuladas, lo vio.

  —Kael… —susurró.

  él estaba sentado sobre una baranda de piedra, la pierna cruzada, el cabello cayendo de manera perfecta, sin un rastro del caos por el que habían pasado. Sonreía con la misma confianza pícara de siempre, esa que parecía burlarse del mundo entero.

  —Ah, peque?a princesa— dijo con un tono meloso, deslizándose hacia ella —. Creí que te habías perdido.

  Su voz era dulce, encantadora, casi cálida. Casi correcta.

  Elarith tragó saliva.

  —Kael… ?cómo llegaste aquí?

  él se encogió de hombros, avanzando con paso fluido.

  —Ya sabes cómo soy. Siempre termino donde me necesitan… o donde debería estar.

  Elarith respiró hondo. Algo en esa respuesta no le cuadraba, pero estaba agotada, herida y sola.

  Y verlo allí —familiar, tangible— la golpeó con una oleada de alivio que casi la derribó.

  él extendió una mano, rozando su mejilla.

  Un gesto suave.

  Tierno.

  Demasiado.

  —Has estado llorando —susurró, su pulgar limpiándole una lágrima que no recordaba haber derramado—. ?Quién te hizo da?o?

  Elarith sintió las piernas débiles.

  Tanto dolor acumulado… tanto miedo tragado…

  Y Kael, siempre tan ligero, tan bromista, tan vivo, era un refugio que su corazón reclamaba sin permiso.

  Se inclinó hacia él.

  Kael sonrió.

  Pero la sonrisa se estiró demasiado.

  Demasiado ancha.

  Demasiado lenta.

  Demasiado hambrienta.

  Elarith retrocedió, helada.

  —?Kael?

  —Shhh, princesa —dijo él, y su voz cambió. Sonó hueca, como si hablara desde dentro de un frasco—. No preguntes. Solo déjame consolarte.

  él avanzó, y su piel comenzó a ondular.

  Un brillo húmedo recorrió su cuello…

  Los labios se partieron, revelando colmillos finos y filosos.

  Y la lengua —ah, dioses, esa lengua— se deslizó entre sus dientes, larga, rosada, casi reptiliana.

  Elarith se estrelló contra una columna, el corazón golpeándole en el pecho.

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  —?Aléjate!

  él rió.

  No fue el sonido de Kael.

  Fue un chillido, un tanteo de placer, como un depredador oliendo carne nueva.

  —No sabes cuánto deseo probarte. Eres toda vulnerabilidad, ?lo sabías? Toda tristeza… toda fe rota. Qué exquisito olor.

  La agarró de la mu?eca, la misma que llevaba el ojo bajo la piel.

  Un ardor subió por su brazo.

  El ojo se abrió con un chasquido húmedo.

  Y la cosa que llevaba el rostro de Kael jadeó, excitada.

  —Oh… ya veo. Una marca. Un regalo.

  Su lengua le rozó el antebrazo, dejando un hilo de saliva ardiente.

  —No puedo esperar a ver qué más hay dentro de ti.

  Elarith gritó y trató de invocar un destello de luz, pero la magia le respondió débil, irregular, como si dudara de ella. El falso Kael la presionó contra la pared, respirando sobre su cuello.

  —Vamos, no pongas resistencia… —susurró—. él también lo pensó, ?sabes? Muchas noches, cuando creías que dormía…

  —?NO! —Elarith reunió toda la fuerza que le quedaba y lo empujó con un alarido.

  La criatura retrocedió dos pasos.

  Luego, rió.

  Un sonido bajo, vibrante.

  La lengua onduló.

  Los ojos —tan parecidos a los de Kael— ahora estaban vacíos, dilatados como pozos negros.

  —Dulce Elarith. Siempre tan fácil de romper.

  La habitación se distorsionó.

  Las sombras se amontonaron detrás de él, formando hilos como los de una marioneta.

  Y entonces una explosión de luz azul rasgó el aire.

  —?NO LA TOQUES! —chilló una voz desde el extremo del corredor.

  El verdadero Kael irrumpió en la escena, jadeando, con el cabello enmara?ado y los ojos llenos de un terror puro que pocas veces había mostrado en su vida.

  El falso Kael se giró con una sonrisa grotesca.

  —Ah. El original llegó.

  Kael levantó su mano y las cuerdas del laúd a su espalda vibraron solas, generando un sonido agudo que quebró parte de la ilusión alrededor. La criatura siseó, retrocediendo mientras la piel le burbujeaba como cera derritiéndose.

  —Elarith, aléjate de él —dijo Kael, sin quitar la vista del impostor.

  Ella lo hizo. Temblorosa.

  El verdadero Kael la sostuvo brevemente por el hombro. Su mano estaba fría.

  Y él, por primera vez, no sonreía.

  —Kael… —susurró—. ?Cómo sé que eres tú?

  Kael tragó saliva, moviendo la mandíbula como si estuviera a punto de quebrarse.

  —Porque estoy aterrado —dijo con la voz rota—. Porque ver algo con mi cara… haciéndote eso…

  Miró al impostor, el horror deformando sus palabras.

  —…es la peor pesadilla que he tenido.

  El falso Kael se carcajeó, un sonido que hacía vibrar las paredes.

  Su cuerpo se estiró, perdiendo la forma humana, volviéndose una silueta que imitaba a Kael solo como burla.

  —Oh, pobrecito —entonó—. ?No querías que ella supiera quién eres realmente?

  Las palabras golpearon a Kael como piedras.

  Elarith lo miró.

  Kael evitó su mirada.

  La criatura se lanzó hacia ellos.

  Kael reaccionó al instante: un acorde violento retumbó desde su instrumento, generando una onda que estrelló al impostor contra el techo.

  Elarith levantó su símbolo, el ojo de su mano brillando con un destello de dolor. Una luz blanca, escasa pero intensa, brotó de su palma.

  La criatura gritó.

  Se retorció.

  Se deshizo como humo quemado.

  Y desapareció.

  El silencio cayó abruptamente.

  Solo los latidos acelerados de ambos quedaban resonando en el pasillo.

  Kael bajó el laúd lentamente.

  Intentó decir algo ingenioso.

  Algo que suavizara el horror.

  Pero nada salió.

  Elarith lo observó.

  Herida.

  Temblorosa.

  Y sin embargo, dio un paso hacia él.

  —Gracias —susurró.

  Kael desvió la mirada, como si recibir gratitud le doliera.

  —Lo siento… —murmuró él—. Lamento que… esa cosa… haya usado mi cara.

  Se frotó la nuca, nervioso.

  —No es la primera vez que el castillo juega así conmigo, pero… esa parte… esa parte de mí…

  Elarith levantó una mano —la que tenía el ojo— y tocó su hombro.

  El ojo parpadeó, húmedo.

  Kael se sobresaltó.

  —Kael —dijo ella—. Eso no eras tú.

  él finalmente la miró.

  Sus ojos se veían… rotos.

  Vulnerables.

  Casi infantiles.

  —Gracias por llegar —susurró ella.

  Kael tragó saliva, temblando.

  —Llegaría siempre.

  Y entonces, desde el fondo del corredor, algo gritó.

  Un rugido de piedra y carne.

  La criatura se había retirado, no había muerto.

  Los dos se miraron.

  Sabían que no podían quedarse allí.

  —Nos reuniremos con los otros —dijo Kael, recuperando un poco de su compostura—. Nadie más va a morir por un truco de este castillo.

  Elarith asintió.

  Mientras avanzaban juntos, él se acercó un poco, como si el contacto humano lo anclara.

  Elarith no dijo nada.

  Pero tampoco se apartó.

  Y desde el techo, muy alto, un susurro los siguió:

  “EL CASTILLO COBRA SU PRECIO.”

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