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Capitulo 10: Lo que nace entre nosotros

  Al entrar a la caba?a de Lera, Erik se detuvo un instante. La parte frontal como siempre: el taller donde ella trabajaba con sus dise?os, hilos, pieles y telas cuidadosamente ordenadas en estantes improvisados. El aroma de fibras vegetales y cuero curtido impregnaba el aire. Erik sonrió; conocía bien ese lugar, había pasado muchas veces allí, ayudando y observando cómo Lera se perdía en su mundo creativo.

  Pero esta vez ella lo guio más allá, hacia el fondo. Erik titubeó apenas. Sabía lo que venía: era la primera vez que entraría a esa zona, a su habitación. Hasta entonces, él siempre había respetado ese espacio como algo personal, casi sagrado. Ni siquiera con Mika había atravesado ese umbral.

  Al cruzar la zona que separaba el taller de la estancia privada, Erik notó el contraste: la habitación de Lera era más cálida, decorada con algunas flores secas y frescas colgadas en manojos y un par de velas peque?as de resina que lanzaban destellos dorados en las paredes de madera. En el centro descansaba un colchón de lana, ancho y mullido.

  Erik se detuvo unos segundos para mirarlo, sorprendido. Aunque sabía que ya todas tenían ya uno, nunca había visto cómo se acomodaba en la habitación de Lera.

  — Así que… aquí duermes —murmuró con una sonrisa suave, dejándose llevar por la novedad del lugar.

  Lera bajó la mirada, jugando con el mechón de su coleta de caballo que llevaba siempre, mientras lo conducía a sentarse.

  — Sí… aquí —respondió, algo nerviosa pero feliz de que él estuviera allí por primera vez.

  Ambos se acostaron sobre el colchón. La suavidad los envolvió al instante y Erik no pudo evitar soltar una risa baja.

  — Mucho mejor que dormir sobre los troncos y las pieles —comentó, recostándose.

  Lera también sonrió, recordando cuando todos trabajaban para hacerlas, en voz alta:

  — Todavía me acuerdo cuando Hada no dejaba de quejarse… —dijo entre risas suaves—. Sus brazos le dolían tanto de golpear la lana para ablandarla, que juró que nunca más lo haría… hasta que se echó en su colchón terminado y no quería levantarse nunca más.

  La imagen los hizo reír a los dos, rompiendo la tensión inicial. Erik giró la cabeza hacia Lera, viéndola de cerca, en un entorno que era tan suyo. Ella, por su parte, sintió el corazón latir con fuerza: compartir ese espacio, ese rincón tan privado, hacía que todo se sintiera distinto, más profundo.

  Era como si, al acostarse allí juntos, el mundo exterior quedaría atrás.

  El silencio en la habitación se hizo más íntimo, apenas interrumpido por el crujido suave de la madera de la cama y el murmullo lejano de la aldea dormida. Lera lo observaba de cerca, con los ojos brillantes, como si hubiera reunido todo el valor del mundo para ese instante.

  Respiró hondo, sus manos temblorosas buscando las de él.

  — Erik… —susurró, acariciando sus dedos con ternura—. Esta noche... quiero que sea distinta.

  él ladeó la cabeza, curioso, aunque en su pecho ya intuía lo que vendría.

  —?Distinta? —preguntó suavemente.

  Lera asintió, y su rostro se encendió de un rubor hermoso. Tragó saliva y, con voz baja pero firme, dejó salir lo que llevaba días guardando:

  —Quiero que… que me tomes como tu mujer. No solo con palabras… aquí, en mi caba?a, en mi cama. Quiero entregarme a ti.

  Por un momento, el silencio fue absoluto. Erik la miró, conmovido por la honestidad de su petición. La vio temblar un poco, no de miedo, sino de la intensidad del momento.

  Se incorporó un poco, acercando su frente a la de ella.

  —?Estás segura, Lera? —preguntó, aunque en su voz había tanto deseo como ternura.

  Ella cerró los ojos, y con una sonrisa serena, respondió:

  —Más que nunca, quiero hacerlo.

  El colchón de lana crujió suavemente bajo su peso cuando se volvió a recostar a su lado. Al principio fue un beso tímido, suave… pero pronto la pasión los envolvió. Los labios de Lera buscaron los de Erik con más hambre, y él respondió con igual intensidad. Sus lenguas se encontraron, y los besos se hicieron calientes, ansiosos, cargados de deseo.

  Las manos de Lera, temblorosas al inicio, se volvieron atrevidas, recorriendo la espalda de Erik, sus hombros, deslizándose bajo su ropa. Erik soltó un leve gemido, sorprendido de que ella, normalmente tan reservada, lo tomara con tanta decisión.

  él correspondió, acariciando sus costados, su cintura, y subiendo con suavidad hasta rozar sus pechos por encima de la tela. Lera jadeó contra sus labios, aferrándose más a él.

  —Quiero sentirte… —susurró ella con voz entrecortada.

  Sin apartar la mirada, Erik comenzó a quitarle su blusa. Lera lo permitió, lo siguiente fue su sostén, quedando descubierta de la cintura hacia arriba. El rubor en sus mejillas era intenso, pero no apartó la vista de él. Erik, con ternura y deseo mezclados, besó su cuello, sus hombros, y luego sus senos, arrancándole suspiros que jamás había dejado salir.

  Ella, entre risas nerviosas y calor creciente, deslizó sus manos hacia la polera de Erik, tirando de ella hasta deshacerse de ella, cada prenda que lo separaba de su piel. Cuando finalmente quedaron ambos sin prendas, el ambiente se volvió eléctrico, cargado de una intimidad nueva y absoluta.

  Erik se detuvo un momento, respirando hondo. Sabía lo que estaba a punto de suceder. Para él, con su conocimiento de su mundo y con Mika, esa primera vez era un paso enorme, casi sagrado. Y aunque Lera y las demás no conocía el concepto de “virginidad”, su inocencia y su entrega lo hacían aún más significativo.

  —Lera… —dijo con voz grave—, esto será diferente. ?De verdad lo quieres?

  Ella lo abrazó con fuerza, pegando su cuerpo desnudo al de él, y respondió sin titubear:

  —Quiero que seamos uno, te amo Erik mi... esposo amado.

  Esa respuesta lo desarmó. La besó de nuevo, con todo el amor y la pasión que sentía, mientras la guiaba suavemente, cuidando cada movimiento. La unión llegó con un suspiro entrecortado de Lera, un gesto de sorpresa y leve dolor mezclado con la intensidad del momento.

  Ella lo abrazó fuerte, aferrándose a Erik con u?as y brazos, mientras unos peque?os gemidos se escapaban de sus labios. él la besó de inmediato, buscando calmarla, acariciando su rostro y su cabello con dulzura.

  —Estoy aquí… contigo… —murmuró entre sus besos.

  Lera cerró los ojos, y tras unos instantes de tensión, su cuerpo comenzó a relajarse. Pronto, el dolor inicial se transformó en calor, en un ritmo compartido que los hizo moverse al unísono. Sus labios volvieron a encontrarse, más ardientes que nunca, sus manos exploraron con desenfreno apretaron su espalda, su respiración se entrecortó… pero pronto sus ojos brillaron con comprensión: lo que estaba ocurriendo era nuevo, intenso, único.

  Erik la acarició, la besó, susurrándole palabras de calma, hasta que Lera dejó escapar un suspiro profundo, entregándose por completo. Desde ese momento, el ritmo de sus cuerpos se encontró, lento primero, después más apasionado, como si hubieran esperado toda la vida para ese instante.

  El tiempo se deshizo en suspiros, jadeos y besos apasionados. La pasión se mezclaba con ternura, y cada gesto, cada caricia, confirmaba lo que ambos sentían.

  El fuego del deseo se mezclaba con la ternura: besos en cada rincón de la piel, manos explorando con avidez y cuidado, suspiros compartidos que llenaban la habitación. El tiempo parecía haberse detenido, y el mundo entero cabía en esa habitación, en esa unión.

  Cuando finalmente llegaron al clímax, ambos suspiraron con gemidos suaves y intensos sus nombres, quedaron exhaustos, abrazados, sudorosos, con el corazón latiendo al unísono. Lera apoyó la cabeza sobre el pecho de Erik, con lágrimas peque?as que no eran de dolor, sino de emoción pura.

  —Nunca pensé que… sería así, fue hermoso —murmuró con una sonrisa tímida, sus mejillas encendidas.

  Erik la rodeó con sus brazos, besándola. Sabía que en ese instante Lera había cruzado un umbral importante, aunque ella no entendiera sobre la primera vez. Para ella, lo único que importaba era que había entregado su primera vez al hombre que amaba, su esposo.

  El calor de sus cuerpos aún vibraba en el aire cuando quedaron recostados en el colchón. Ambos respiraban entrecortado, abrazados, sudorosos. Lera reía bajito, con esa mezcla de timidez y satisfacción que hacía que sus mejillas ardieran más que el fuego de las velas.

  Erik le acarició la espalda y, con una sonrisa cómplice, dijo:

  —Creo que necesitamos limpiarnos un poco antes de dormir…

  Lera asintió, mordiéndose el labio. Se levantaron juntos y fue ella quien lo llevo a la zona de lavado de su habitación, tomó un cuenco con agua fresca y un par de telas suaves que guardaba en una cesta. Mojó una y la escurrió, pasándola delicadamente por el pecho de Erik. Al verlo relajarse con ese contacto, sonrió con picardía.

  —Te dejo como nuevo —bromeó, frotando con ternura y, a ratos, con intención traviesa mientras bajaba los brazos para limpiar mas abajo del ombligo con la tela.

  él no se quedó atrás. Tomó la otra tela, la humedeció y comenzó a limpiar el sudor de la piel de Lera, desde sus hombros hasta la curva de su vientre, deteniéndose a besarla en cada rincón que recorría. Lera cerraba los ojos, dejándose mimar, disfrutando de verlo tan cerca y sin reservas.

  Era la primera vez que Erik se mostraba completamente con ella, sin disimulos. Hasta entonces, solo lo había hecho con Mika. Esa confianza total la llenó de orgullo, de una felicidad que le hacía latir fuerte el corazón: Erik la aceptaba, no solo en el deseo, sino en la intimidad más natural.

  Cuando terminaron de limpiarse, se recostaron otra vez en el colchón, esta vez bajo una manta ligera. Lera se acurrucó contra su pecho, oliendo aún el aroma limpio de la tela húmeda. Erik la abrazó con fuerza, besándole los labios hasta que ambos cayeron en un sue?o profundo.

  La ma?ana los encontró aún entrelazados. Los rayos de sol se filtraban por las rendijas de la madera, iluminando la escena con un resplandor cálido. La manta apenas cubría sus cuerpos desnudos.

  En ese momento, unos pasos se escucharon en el interior del taller. Era Mika. Había ido a buscar a Lera y a Erik en su caba?a, y al no hallarlos, pensó que estarían aquí. No esperaba, sin embargo, encontrarse con aquella imagen.

  Allí estaban, dormidos juntos, piel con piel, respirando al mismo ritmo. La evidencia era clara. Mika se llevó la mano a la boca, y en lugar de sentir celos, una sonrisa enorme y sincera se dibujó en su rostro.

  Lera fue la primera en abrir los ojos, tal vez por instinto. Se incorporó un poco y lo primero que vio fue a Mika, mirándolos. Su rostro se encendió de rubor, pero no de vergüenza, sino de esa felicidad que aún la embriagaba tras lo vivido anoche.

  La expresión de Mika la desarmó: no había enojo, ni reproche. Solo alegría, complicidad… y quizás una chispa de travesura.

  —Mika… —susurró Lera, aún con voz adormilada, pero sonriendo de forma cómplice.

  Mika la miró fijamente y, con tono suave y lleno de ternura, respondió:

  —Lo sé… —sus ojos brillaron—. Y me alegro por ti.

  Lera se acomodó en la cama para sentarse mejor en el colchón, todavía con esa sonrisa tonta que no podía borrar de su rostro. Mika se acercó sin hacer ruido.

  —Tienes cara de haber dormido como nunca —susurró Mika, divertida, al ver las mejillas sonrojadas de su hermana de crianza.

  Lera, incapaz de ocultar nada, rió bajito.

  —No fue solo dormir… nosotros anoche—respondió, mordiéndose el labio.

  Mika alzó las cejas con picardía.

  —Ya me lo imaginaba.

  Las dos se miraron a los ojos y rieron juntas, como cómplices de un secreto. Lera suspiró con fuerza, recordando lo ocurrido, y confesó con una dulzura que la desbordaba:

  —Mika… fue hermoso. No sabía que se podía sentir algo así.

  Mika tomó su mano y la apretó con cari?o.

  —Me alegra tanto por ti, Lera. Yo lo sé… y ahora tú también lo sabes. No hay nada como estar así con él, ?verdad?

  Lera asintió con los ojos brillantes, sin necesidad de más palabras.

  En ese momento, Erik comenzó a removerse. Abrió los ojos lentamente, frotándoselos, hasta que distinguió a Mika junto a la cama. Su rostro se tensó de inmediato, sorprendido, como si lo hubieran atrapado haciendo algo indebido.

  —M-Mika… —balbuceó, incorporándose un poco—. Yo…

  Ella lo interrumpió levantando una mano, con esa sonrisa traviesa que le era ya tan natural.

  —Tranquilo, grandulón. Ya te dije que no tienes que sentir culpa si estás con nosotras. —Lo miró de arriba abajo, notando cómo apenas la manta lo cubría—. Aunque debo admitir que verlos así tan juntitos y sin nada puesto me da un poquito de envidia.

  Erik se quedó sin palabras, ruborizado hasta las orejas. Lera, en cambio, escondió el rostro en el pecho de él, muerta de risa.

  —?Envidia? —acertó a decir Erik, nervioso.

  Mika se acerco un poco hacia él y le gui?ó un ojo.

  —Claro. Porque se nota que ambos la pasaron muy bien anoche.

  Erik no supo qué responder. Por un momento, pensó en justificarse, en explicarse, pero la manera en que Mika lo miraba, tan llena de amor y juego, le dejó claro que no era necesario. Ella solo disfrutaba de verlo incómodo y nervioso.

  Finalmente, suspiró y, resignado, se unió a la broma.

  —Bueno… supongo que no puedo negarlo.

  Mika soltó una risa cristalina, satisfecha de haberlo hecho sudar un poco. Se acerco dándole un beso suave en los labios. Luego se levantó, sacudiéndose las manos como si hubiera terminado un trabajo.

  —Está bien, los dejo. Yo tengo que preparar las cosas para salir de caza contigo, Erik. —Le lanzó una mirada que era mitad dulce, mitad pícara—. Más te vale estar con fuerzas después de “todo ese ejercicio nocturno”.

  Erik se cubrió el rostro con una mano, avergonzado, mientras Lera reía a carcajadas abrazada a él.

  Mika, feliz, salió de la caba?a dejando tras de sí un aire ligero, cálido y lleno de complicidad.

  Después de la conversación con Mika, Lera se inclinó hacia Erik y le susurró:

  —Vamos… te ayudo a vestirte —susurró con voz aún cargada de rubor y calor.

  Erik asintió, un poco nervioso pero sonriendo, y comenzaron a acomodarse. Lera sujetaba su ropa, ayudándole a ponerse su calzoncillo, los pantalones, mientras él hacía lo mismo con sus prendas, desordenando un poco el proceso con risas y alguna que otra caricia accidental.

  Era un momento íntimo, lleno de risas suaves y miradas cómplices, la calma después del torbellino de la noche anterior.

  —Listo —murmuró Lera, atando su cabello para hacer su coleta alta tan característica de ella, mientras Erik ajustaba su polera.

  —Sí… —respondió él, dándole una mirada llena de cari?o que hizo que Lera bajara la vista, tímida pero feliz.

  Ambos se miraban con complicidad, aún con sonrisas tímidas, sabiendo que lo que habían compartido los había marcado. Al salir de la caba?a, la brisa fresca de la ma?ana les dio la bienvenida, y caminaron juntos hacia el centro de la aldea.

  Allí, vieron a Suri sentada junto a Jaia, degustando unas frutas. La ni?a alzó la mirada y, en cuanto vio a Erik, dejó la fruta a un lado y corrió hacia él. Con un salto suave, se abrazó con fuerza.

  —?Erik, Hermano! —exclamó con esa mezcla de ternura y seguridad.

  Erik sonrió, bajando una mano para acariciarle el cabello, mientras con la otra sostenía la mano de Lera. Sentía el corazón tibio al verla tan feliz de tenerlo allí.

  En ese momento, Mika apareció cargando los utensilios que había preparado para la caza. Su mirada se detuvo en Erik y luego en Suri, que no se soltaba de él.

  —Ya está todo listo, desayunamos y nos vamos —anunció Mika, acomodando la carga en el suelo.

  Erik bajó la vista hacia Suri, notando en su expresión algo distinto: un brillo extra?o en los ojos, como si quisiera decir algo pero no encontraba palabras. Parecía alegre por tenerlo cerca, pero también había en ella una punzada de angustia. él lo entendió de inmediato: la peque?a temía por el riesgo de la caza, pero también… estaba ese matiz nuevo, esa mezcla de celos que apenas empezaba a germinar en su interior, propia de la edad en que se encontraba.

  Con cuidado, Erik la separó un poco de su abrazo y la tomó de los hombros para mirarla de frente.

  —No te preocupes, Suri. Nos cuidaremos mucho. Te prometo que Mika y yo volveremos sanos y salvos.

  Suri asintió, pero bajó la mirada. Aceptaba sus palabras, aunque dentro de ella sentía ese nudo de emociones que no lograba ordenar. Quería confiar, quería alegrarse, pero sabía —porque lo intuía en su corazón— que en la noche había estado con Lera. Y eso despertaba en ella una inquietud que no podía definir del todo, solo reconocer como un deseo secreto de también ser parte de ese cari?o especial que Erik les brindaba a ellas.

  Jaia observaba en silencio, con su calma habitual, sin juzgar. Sabía bien que Suri estaba creciendo y que esas emociones eran naturales en ellas. Solo dejó que la escena siguiera su curso, con una ligera sonrisa maternal.

  Erik volvió a acariciar el cabello de Suri y le dio un beso en la frente.

  —Eres mi hermanita y siempre estaré para ti —le susurró con cari?o.

  Ella lo miró con una sonrisa suave, aunque todavía te?ida de esa pizca de celos que se escondía en su interior.

  Erik lo percibió, lo entendió, y aunque en su interior le dolía verla confundida, también supo que había tomado la decisión correcta: cuidarla como una hermana peque?a, ense?arle a su tiempo, y jamás cruzar el límite que se había marcado con claridad.

  Tras el desayuno ligero se preparaban para salir a cazar Erik y Mika, antes que se alejaran Suri decidió darle otro gran abrazo, esta vez de vuelve sano y a salvo hermano mayor.

  Mika, viendo la escena, suspiró con paciencia y se acercó para tenderle una mano a Suri.

  —Vamos, peque —le dijo en tono afectuoso—. Déjalo ir un rato, que luego volverá con muchas historias que contarte.

  Suri asintió y, aunque se apartó, su mirada siguió a Erik hasta que se alejó junto a Mika.

  Mika tomó la mano de Erik, apretándola con fuerza, y ambos salieron hacia la zona del valle donde cazaban. El sonido de sus pasos se perdió entre las hojas secas y el canto de los pájaros.

  Suri apretó los labios, bajando la mirada. No lloraba, pero se notaba en su expresión esa punzada de celos infantiles que no podía ocultar. Lo peor era que ella misma no entendía del todo qué sentía.

  Suri fue a sentarse a un tronco, con los brazos cruzados y las mejillas infladas en se?al de enojo.

  —?Todavía molesta, peque?a? —preguntó Lera con una sonrisa tranquila, aunque ya intuía la respuesta.

  —No estoy molesta… —respondió Suri, bajando la mirada—. Solo que… él se fue con Mika.

  Lera suspiró y se sentó a su lado, rodeándole los hombros con un brazo.

  —Suri… lo que sientes es normal, pero debes entender algo. Erik te quiere muchísimo, tanto que decidió ser tu hermano mayor para poder cuidarte siempre. ?Recuerdas lo que te ense?aron las mayores sobre las parejas verdad?

  Suri asintió en silencio. Claro que lo recordaba. Las mayores le explicaron cómo funcionaba, el amor y lo que implicaba compartir noches con un hombre, y aunque no muy claro sobre los bebes.

  —Entonces también entiendes que eso es algo para cuando seas mas grande —continuó Lera suavemente—. Erik lo sabe y por eso nunca cruzará esa línea contigo.

  Suri mordió su labio y no respondió.

  —No está mal sentir celos —dijo Lera con suavidad, acariciándole el cabello—. Solo demuestra cuánto lo quieres. Pero no olvides: él ya eligió ser tu hermano, y eso significa que su cari?o por ti es diferente, y especial…

  Jaia asintió.

  —Si Suri. Nadie más tiene ese lugar en su corazón, las chicas podrán estar con él de otra manera, pero tú eres la única que él llama hermana. Y créeme, lo protege con toda su alma.

  Suri levantó la mirada, con los ojos un poco brillosos.

  —Entonces… ?aunque esté con las demás, siempre me va a querer igual?

  Lera y Jaia sonrieron al unísono.

  —Siempre —respondieron juntas.

  La peque?a suspiró, como si por fin soltara un peso, y se dejó caer en los brazos de Lera. Jaia le acarició la cabeza con cari?o, sabiendo que aquella etapa no sería fácil para Suri, pero también que Erik nunca la dejaría de lado.

  El sol ya se encontraba alto en el cielo, filtrándose entre las hojas de los árboles y pintando el sendero de manchas doradas. Erik cargaba un saco más pesado al hombro, sintiendo el sudor secarse en su nuca. A su lado, Mika caminaba con paso ligero, llevando el otro saco con evidente orgullo. Una sonrisa de satisfacción jugaba en sus labios, y no podía evitar lanzar miradas furtivas hacia Erik, recordando cómo habían trabajado en perfecta sincronía durante la cacería.

  —Hemos tenido suerte hoy —comentó Mika, rompiendo el silencio que solo era interrumpido por el crujir de las hojas secas bajo sus pies—. El ciervonejo mayor casi nos descubre cuando me acerque mucho.

  Erik esbozó una media sonrisa, ajustando el saco sobre su hombro.

  —La distracción fue perfecta. Pensó que eras un animal más peque?o moviéndose entre los arbustos.

  Mika rio suavemente.

  —Sí, bueno, no todos pueden moverse con tu sigilo. Parece que el valle te acepta como uno de los suyos.

  Caminaron unos pasos más en silencio, pero Mika notaba que algo seguía inquietándola. Finalmente, no pudo contenerse más.

  —Oye, Erik… —lo miró de reojo, esta vez con una expresión más seria—. Hay algo que no logro entender de ti.

  él arqueó una ceja, curioso.

  —Dime. ?He hecho algo mal?

  —No, no se trata de eso —respondió ella, buscando las palabras correctas—. Conmigo y con Lera, bueno ya no te escondes y te dejas ver por completo. Al principio, eras tan reservado y tímido con todas, que costaba saber qué pensabas. Ahora nos dejas verte… nos dejas conocerte. Pero con Suri… —hizo una pausa breve— sigues siendo algo distante. Es como si tuvieras miedo de mirarla o de que ella te mire a ti. Tú también la quieres, lo sé. Y ella lo siente. Entonces… ?por qué?

  Erik suspiró profundamente, desviando la mirada hacia el sendero polvoriento. Sabía que la pregunta llegaría eventualmente, pero eso no hacía más fácil encontrar una respuesta.

  —Mika… —comenzó, con un tono más grave de lo usual—. Ustedes crecieron aquí, en un lugar donde la maldad parece no haber llegado. No saben de lo que algunos hombres son capaces. Donde yo crecí… —hizo otra pausa, tragando saliva con dificultad— las cosas eran diferentes. Terribles, incluso.

  Mika frunció el ce?o, su expresión tornándose más preocupada.

  —?A qué te refieres?

  —Allá… —continuó Erik, con la voz un poco más baja— había hombres que lastimaban a las mujeres y a ni?as. Ni?as como Suri, o incluso más peque?as. Les robaban su inocencia, su infancia… todo. Y cuando estalló la guerra, esos horrores solo empeoraron. La gente perdió el respeto por cualquier tipo de límite.

  Mika se detuvo por un momento, procesando sus palabras. Las mayores les habían contado ciertas cosas de ellos, pero lo que le conto Erik. Su corazón parecía encogerse en su pecho. Nunca había imaginado que existieran tales crueldades.

  —Por eso… —prosiguió Erik, con voz apagada— cuando llegué aquí, me aseguré de mantenerme al margen. No quería que ninguna de ustedes pensara, ni por un instante, que yo era como esos hombres. Y con Suri… es diferente. Ella me recuerda demasiado a mi hermana menor, a Valeria. Tenía su misma sonrisa, esa forma de buscarme para sentirse segura. Para mí, Suri es como una hermana… y no quiero verla de otra manera. Al menos, no ahora.

  Mika lo observó en silencio, notando el dolor en sus ojos, como si cada palabra hubiera reabierto una herida que creía cerrada.

  —Entonces… —dijo Mika suavemente— ?es por miedo a lastimarla?

  Erik asintió lentamente.

  —Sí. La quiero, Mika, pero quiero que crezca sin presiones, que sea feliz siendo exactamente lo que es: una ni?a que merece sentirse protegida. Quizás, cuando sea mayor, las cosas puedan cambiar… pero incluso entonces, no sé si podría dejar de verla como a una hermanita.

  Mika sonrió con ternura y extendió la mano, entrelazando sus dedos con los de él mientras reanudaban la caminata.

  —Ahora entiendo, Erik. Y me alegra que pienses así. Ella lo sabrá cuando sea el momento adecuado, y créeme… te querrá aún más por ser quien eres.

  él apretó suavemente su mano y dejó escapar un suspiro, como si un gran peso se hubiera aligerado en su pecho.

  Poco después, Erik y Mika llegaron al claro que precedía a la aldea. él cargaba varios ciervonejos en su saco, mientras ella llevaba un par de presas menores. Los murmullos del bosque fueron reemplazados por los sonidos familiares de las chicas. Apenas cruzaron hacia el área despejada, Hada apareció con su andar juguetón y su sonrisa tranquila.

  —Bienvenidos de vuelta —saludó Hada, acercándose con esa gracia natural que la caracterizaba. Antes de que Erik pudiera responder, ella se acerco suavemente y lo recibió con un beso suave en los labios, breve pero cargado de una ternura que decía más que cualquier palabra. Mika, que ya se había acostumbrado a esos gestos cada vez más frecuentes entre ellos, no dijo nada; más bien esbozó una sonrisa pícara, disfrutando secretamente de cómo Hada se permitía expresar su afecto sin reservas.

  —Fue una buena caza —declaró Erik, posando su pesado saco en el suelo con un suave gru?ido—. Lo mejor será guardar la carne antes de que el calor la eche a perder.

  Los tres emprendieron el corto trayecto hacia el almacén de la aldea, intercambiando comentarios ligeros sobre los rastros que habían encontrado en el valle y los pájaros que habían visto emigrar. Al llegar, Erik empujó la pesada cortina de cuero que servía de puerta y entró cargando su gran saco, con Mika y Hada siguiéndole de cerca con el resto del botín.

  El interior del almacén estaba fresco y ordenado, con ese olor característico a hierbas secas y tierra. Y allí, en el centro de la estancia, se encontraba Arlea, arrodillada junto a una pila de cántaros. Llevaba esos pantalones cortos que siempre usaba para trabajar, dejando al descubierto sus rodillas, y tenía sus herramientas meticulosamente alineadas a su lado. Hojas grandes para envolver la carne estaban dispuestas con una dedicación casi artística.

  Estaba concentrada en su tarea, pero al escuchar los pasos, levantó la mirada. Sus ojos se encontraron con los de Erik, y al instante, un rubor suave ti?ó sus mejillas.

  —Oh… ya llegaron —murmuró, apretando inconscientemente el cántaro que sostenía entre sus manos.

  Mika y Hada intercambiaron una mirada cargada de malicia contenida. La primera no pudo evitar una sonrisa abiertamente pícara, mientras la segunda, con un aire decididamente travieso, tomó a Mika del brazo.

  —Nosotras… ya sabemos que ustedes se las arreglarán bien —comentó Hada, canturreando las palabras—. Vamos, Mika. No se preocupen, chicos, disfruten… digo, trabajen tranquilos solitos.

  —Sí, ustedes guarden la carne tranquilos —a?adió Mika, dándole un golpecito juguetón en el brazo a Erik antes de girar hacia la salida.

  Antes de que Erik pudiera articular réplica alguna, ambas se escabulleron como sombras, dejando un silencio repentino a sus espaldas.

  Arlea parpadeó, nerviosa, llevándose instintivamente una mano para acomodarse un mechón de cabello detrás de la oreja.

  —Ellas… siempre tan bromistas —susurró, sin saber bien dónde posar la mirada, que vagaba entre los cántaros y los ojos de Erik.

  El corazón de Erik comenzó a latir con un ritmo un poco más acelerado. Arlea desvió la mirada hacia el suelo, pero el rubor en sus mejillas se intensificó, subiendo hasta la raíz de su cabello. Era un instante que, sin hablarlo, ambos habían estado esperando: ya no eran solo amigos o compa?eros de trabajo; ahora eran novios, y la intimidad de ese momento a solas los envolvía, haciendo tangible un vínculo que se sentía más profundo y cercano.

  This text was taken from Royal Road. Help the author by reading the original version there.

  Arlea estaba visiblemente tímida. Sus mejillas ardían mientras recogía un trozo de carne y lo colocaba con sumo cuidado sobre una hoja grande. Sus ojos no podían evitar buscar a Erik cada pocos segundos, y cada vez que sus miradas se cruzaban, su corazón daba un vuelco.

  —E-Erik… —logró articular en un susurro, bajando la mirada por un instante—. Me alegra… estar aquí contigo.

  él sonrió, una expresión suave y genuina que le iluminó el rostro. Cerró la distancia entre ellos y acercó una mano a su rostro, acariciándole la mejilla con la yema de los dedos con una ternura que hizo que Arlea contuviera la respiración.

  —Yo también, Arlea… es… diferente estar solos así, ?verdad? —preguntó, su voz un poco más baja de lo usual.

  Ella asintió, dirigiendo hacia él una mirada en la que la timidez comenzaba a ceder ante un brillo decidido.

  —Sí… pero quiero estar contigo. Ahora que somos… pareja… —susurró, dejando el cántaro a un lado para entrelazar sus dedos con los de él.

  Erik no pudo evitar que su sonrisa se ampliara. Se acerco hacia ella, y sus labios se encontraron en un beso. No fue un simple roce como el de Hada a su llegada, sino uno cálido, deliberado y lleno de un amor que recién comenzaba a florecer. Fue lento al inicio, un explorar cauteloso de esa nueva intimidad que ahora les pertenecía. Arlea cerró los ojos, dejándose llevar por la sensación, y sus brazos encontraron su lugar alrededor de su cintura, mientras él la rodeaba con un brazo por la cintura, acercándola suavemente.

  Justo cuando se separaron un poco, jadeando suavemente, una voz familiar resonó desde la entrada del almacén:

  —Sigan, sigan chicos… hagan como si no estuviera —dijo Jerut con un tono profundamente juguetón, entrando con paso tranquilo y dirigiéndose directamente a un estante superior para recoger un manojo de carnes secas—. Sí, sí… solo paso a buscar esto.

  Erik y Arlea se separaron de un salto, como dos adolescentes pillados en falta. Las mejillas de ambos ardían con un color escarlata vibrante.

  —?Jerut! —balbuceó Arlea, escondiendo el rostro contra el hombro de Erik por un instante.

  —Shhh… —susurró Erik, sonriendo de manera nerviosa mientras observaba a Jerut marcharse, claramente satisfecha con el peque?o drama que había presenciado.

  Cuando el eco de los pasos de Jerut se desvaneció y por fin quedaron solos de nuevo, se miraron. La tensión se rompió con una risa baja y cómplice que escapó de ambos. Erik la atrajo hacia sí en un abrazo fuerte, y Arlea se dejó abrazar, riendo contra su hombro. Los besos continuaron entonces, ya no tímidos, sino más seguros, más suaves, impregnados de una ternura y un amor que parecía expandirse en el aire tranquilo del almacén. El trabajo de la carne, por un momento, quedó completamente olvidado en un rincón de sus mentes.

  Finalmente, fue Erik quien, con un esfuerzo visible, logró separarse unos centímetros.

  —Si seguimos así… —dijo, con la voz un poco ronca— la carne no va a durar hasta las próximas lunas llenas.

  Arlea soltó una risita nerviosa, jugando con el borde del dobles de sus pantalones cortos.

  —Entonces… tendremos que darnos prisa —replicó, tratando de sonar pragmática a pesar del brillo travieso en sus ojos.

  El resto del tiempo lo dedicaron a guardar meticulosamente la carne entre cántaros y hojas, intercalando el trabajo con peque?as miradas furtivas, sonrisas cómplices y algún que otro roce de manos deliberado. Cuando terminaron, salieron juntos al exterior, donde la luz del medio día ba?aba la aldea. El aire cálido les dio la bienvenida, pero la calidez que ambos llevaban por dentro era muy superior.

  —Parece que la mesa ya está lista —comentó Erik, se?alando con la cabeza hacia la mesa comunal, donde las chicas empezaban a congregarse. Miró a Arlea y le ofreció su brazo—. Vamos, que las demás nos esperan.

  Y así, con la carne asegurada para los días venideros y la compa?ía de las chicas esperándolos, se unieron al resto de la aldea para compartir la comida. Y mientras se sentaban uno al lado del otro, bajo la mirada comprensiva de Lera y las sonrisas cómplices de Mika y Hada, ambos sabían que guardarían para siempre en su interior la alegría silenciosa de aquel primer momento a solas como novios: un tesoro de cari?o, besos tímidos y una complicidad que solo acababa de empezar a florecer.

  El sol comenzaba a inclinarse hacia el poniente, ba?ando la aldea en una luz ámbar que parecía suspender el tiempo en un instante de perfecta tranquilidad. Bajo la sombra de un viejo gran árbol, Erik descansaba con los brazos cruzados detrás de la nuca, los ojos semicerrados, absorto en el murmullo de la brisa que jugueteaba con las hojas. Este momento de paz, simple y profundo, era un regalo que aún aprendía a recibir sin recelos, como tantas otras cosas en este lugar que ya sentía como hogar.

  El suave crujido de la hierba bajo pies peque?os lo sacó de su ensue?o. Al entreabrir los párpados, distinguió a Suri acercándose con esa mezcla de timidez y determinación que la caracterizaba. Sin mediar palabra, la ni?a se acomodó a su lado, apoyando la cabeza contra su hombro con una naturalidad que conmovió a Erik. él alargó una mano y acarició con suavidad las hebras claras de su cabello.

  —Te encontré, hermano —susurró Suri, como si revelara un secreto largamente guardado.

  La voz de la peque?a tenía ese tono sereno y alegre a la vez que siempre le recordaba lo lejos que estaba de los horrores de su mundo pasado. Erik sonrió, y su mirada se posó entonces en la diadema de madera que Suri llevaba puesta. Era el regalo que él mismo le había tallado para su último cumplea?os, y verla usarla con tanto orgullo le producía una punzada de dulzura. Con movimientos cuidadosos, como si sostuviera un tesoro, Suri se quitó la diadema y la mostró a Erik.

  —Mira —se?aló con un dedo peque?o las marcas grabadas—, aquí, es mi nombre, ?verdad?

  Aunque las letras solo eran para ella un conjunto de trazos curiosos, sabía que encerraba su identidad, un vínculo tangible con Erik.

  —Sí —asintió él, y su voz sonó más grave de lo habitual—. Ese es tu nombre. Así lo escribí, "Suri".

  La ni?a lo miró entonces, y en sus ojos celestes brillaban una chispa de admiración mezclada con una resolución que Erik no había visto antes.

  —?Me ense?as? —preguntó, y en su tono había un anhelo genuino—. Quiero aprender a leer y a escribir, como tú.

  Erik contuvo una oleada de emoción. Parpadeó, sorprendido por la intensidad de la petición, y luego acarició la mejilla de la ni?a con los nudillos.

  —Claro que sí, peque?a —respondió—. Es más fácil de lo que parece. Y tú, que tienes una memoria tan prodigiosa, lo aprenderás en un abrir y cerrar de ojos.

  La sonrisa que iluminó el rostro de Suri fue tan radiante que pareció desafiar al sol de la tarde. Erik tomó una ramita seca y, con movimientos pausados, comenzó a trazar las primeras letras que se debe aprender, las vocales y después el abecedario que conocía en la tierra suelta.

  Fue entonces cuando unos pasos más firmes se unieron a la escena. Becca apareció con un cántaro vacío balanceándose en su cadera, y se detuvo al verlos, con una ceja ligeramente arqueada en un gesto de curiosidad.

  —?Qué están haciendo? —preguntó, inclinando el cuerpo hacia adelante.

  —?Erik me está ense?ando a leer y escribir! —anunció Suri con un entusiasmo contagioso, como si hubiera sido iniciada en un misterio ancestral.

  Becca observó las marcas en el suelo y luego a Erik, y un destello de interés cruzó su rostro antes de que pudiera ocultarlo tras una máscara de indiferencia.

  —?Leer y escribir? —repitió, encogiéndose de hombros con estudiada despreocupación—. Bueno, supongo que no estaría de más aprender algo nuevo.

  Erik no pudo evitar una sonrisa ante el evidente esfuerzo de Becca por parecer impasible.

  —Pues siéntate —invitó—. Hay letras de sobra para todos.

  Y así, bajo la cúpula verde del gran árbol, la tarde se deslizó en un ritmo de descubrimientos compartidos. Erik dibujaba cada letra con esmero, pronunciando su sonido con claridad, y Suri las repetía con una concentración absoluta, como si estuviera grabando en su mente no solo formas, sino esencias. Becca, en cambio, tropezaba una y otra vez con los mismos símbolos, frunciendo el ce?o en un gesto de frustración adorable.

  —?Y esta? —preguntó por enésima vez, se?alando una letra—. ?Esa, la que parece monta?as?

  —Esa es la 'M', Becca —respondió Erik con infinita paciencia, mientras Suri soltaba una risita ahogada.

  —?Eso ya lo sabía yo! —se jactó la peque?a, hinchando el pecho con orgullo infantil.

  Becca frunció el labio en un mohín de fingido disgusto, pero no se dio por vencida. Aunque los trazos se le resistían, en el fondo disfrutaba de la calidez de aquel círculo improvisado, de la cercanía de Erik y de la compa?ía de Suri.

  Las horas se escurrieron sin que nadie se percatara, y cuando el sol comenzó a te?ir el horizonte de tonos morados y anaranjados, la tierra a sus pies era un lienzo de letras torcidas, intentos fallidos y peque?os triunfos.

  Suri repetía los sonidos en voz baja, hechizada por la magia de descifrar un código secreto. Cada vez que reconocía una letra, sus ojos brillaban con un fulgor de pura felicidad.

  Pero poco a poco, mientras observaba a Erik guiar la mano de Becca para corregir un trazo, y veía el rubor que te?ía las mejillas de la joven con cada contacto, una comprensión sutil fue abriéndose paso en su mente infantil.

  Miró a Erik, luego a Becca, y percibió la diferencia en la manera en que él la miraba: no con la ternura protectora que le dedicaba a ella, sino con una calidez más honda, más íntima. Suri frunció ligeramente los labios, no con tristeza, sino con la lucidez repentina de quien descubre una verdad evidente. "Así es como la quiere", pensó, "de otra manera".

  Con movimientos sigilosos, se quitó la diadema, la contempló un instante con orgullo y volvió a colocársela en su sitio. Luego, se inclinó hacia Erik y le susurró al oído:

  —Seguiré practicando… pero ya entendí algo. —Le dedicó una sonrisa tierna, cargada de una sabiduría que desbordaba su edad, y se puso de pie.

  Erik la miró, desconcertado.

  —?A dónde vas, peque?a?

  —A descansar —respondió Suri, y un destello de picardía asomó en sus ojos—. Y para que Becca pueda seguir aprendiendo contigo solitos.

  Antes de que alguno pudiera responder, emprendió la carrera hacia la aldea, sus pies ligeros rozando el suelo.

  Becca se quedó inmóvil, siguiendo con la mirada la silueta de Suri hasta que se perdió de vista. La conciencia de que ahora estaban solos la golpeó con una intensidad que le arrancó una risita nerviosa. Bajó la vista y comenzó a trazar garabatos en la tierra con la punta de los dedos.

  —Esa ni?a… es demasiado lista para su propio bien —murmuró, y el rubor en sus mejillas se intensificó.

  Erik, aún sentado a su lado bajo la sombra protectora del árbol, la miró con una calidez que parecía acariciar su perfil.

  —Sí —convino, y en su voz había una mezcla de orgullo y resignación—. Demasiado lista para su edad.

  El crepúsculo los envolvía ahora por completo, y en el aire flotaba la promesa de algo nuevo, algo que Suri, con su perspicacia infantil, había sido la primera en vislumbrar.

  El sol descendía suavemente entre las copas de los árboles, ba?ando el claro de la aldea en tonos dorados y anaranjados que parecían acariciar cada hoja y cada rostro. Bajo la sombra protectora del viejo árbol, Erik yacía recostado sobre la hierba, su cuerpo relajado después de la tarde de ense?anza con Suri y Becca. A su lado, Becca se movía con una torpeza encantadora, como si aún no supiera cómo habitar completamente ese espacio nuevo que se abría entre ellos.

  él la observó de reojo, y una sonrisa tranquila se dibujó en sus labios. Con gesto sereno, alzó el brazo en una invitación silenciosa.

  —No tienes que estar tan rígida —murmuró, su voz tan baja que casi se confundía con el susurro del viento entre las hojas—. Aquí hay lugar para los dos.

  Becca dudó un instante, el rubor ti?endo sus mejillas como el crepúsculo ti?e el cielo, pero finalmente se dejó caer contra su costado, sintiendo la firme calidez de su cuerpo como un refugio.

  —Lo intento —confesó en un susurro—, pero aún me siento... rara. Pasé tantos días tratando de ocultar lo que sentía por ti... que ahora que lo sabes, no estoy segura de cómo actuar.

  Erik ladeó la cabeza hacia ella, y sus ojos reflejaban una paciencia infinita.

  —No necesitas forzar nada, Becca. Solo sé tú misma. Ya te quiero así, con tu fortaleza que se derrite en dulzura cuando bajas la guardia.

  Ella desvió la mirada, jugueteando con su trenza como solía hacer cuando las emociones la abrumaban. Poco a poco, como una flor que se abre al primer rayo de sol, fue abandonando la tensión en sus hombros hasta apoyar la cabeza en el pecho de Erik. El ritmo pausado de su latido se convirtió en una melodía tranquilizadora que resonaba en su propio ser.

  —Cuando estoy contigo... —susurró, como si confesara un secreto sagrado— siento que puedo dejar de ser la fuerte todo el tiempo.

  La mano de Erik comenzó a trazar círculos lentos en su espalda, un contacto que era a la vez protector y liberador.

  —Conmigo nunca tendrás que fingir, Becca. Aquí puedes descansar... igual que yo descanso cuando estoy a tu lado.

  Esas palabras, sencillas pero profundas, hicieron que Becca cerrara los ojos por un momento, saboreando la verdad que contenían. Cuando los abrió, una sonrisa tímida pero genuina asomó en sus labios. Levantó el rostro y encontró la mirada de Erik esperándola, llena de una calma que parecía eterna.

  Entonces sus labios se encontraron en un beso que era como el atardecer mismo: suave, cálido, y lleno de promesas. Becca, que al inicio había respondido con la contención de quien teme romper el hechizo, pronto se dejó llevar por la ternura del momento, sintiendo cómo las últimas barreras de timidez se disolvían entre ellos.

  Permanecieron así hasta que el crepúsculo se transformó en atardecer, hablando en susurros, riendo por tonterías que solo ellos entendían, dejando que su compa?ía hablara más elocuentemente que cualquier palabra. Becca aún sentía ese cosquilleo nervioso en el estómago, pero ahora comenzaba a reconocerlo no como incomodidad, sino como el dulce vértigo de sentirse querida.

  En la quietud del anochecer acercándose, observó a Erik mientras dormía. Su respiración era pausada y serena, su rostro relajado como si todas las preocupaciones del mundo no pudieran alcanzarlo allí. Becca sonrió para sí misma, y un pensamiento acudió a su mente con la claridad de las estrellas que comenzaba a ascender:

  —"Así debe sentirse el verdadero descanso... No es solo calor o compa?ía, es esa paz que se instala en el pecho y calma hasta los miedos más escondidos. Ahora entiendo por qué Mika, Lera y Hada lucen tan radiantes desde que comparten sus sue?os con él. Es como si todo el cansancio del mundo se desvaneciera al dormir a su lado."

  Cerró los ojos y se acomodó un poco más cerca, hasta que su frente rozó su mentón. No necesitaban más contacto que ese. Estar allí, recostada junto a él mientras las estrellas comenzaban a titilar arriba, ya era suficiente para sentirse protegida, querida y, por primera vez en mucho tiempo, completamente en casa.

  El crepúsculo tejía hilos dorados entre las hojas cuando unos pasos suaves interrumpieron el ensue?o de Becca. Al abrir los ojos, distinguió la silueta esbelta de Mika aproximándose con esa gracia felina que la caracterizaba.

  La recién llegada se detuvo a escasos metros, y una sonrisa tierna iluminó su rostro al contemplar la escena: Erik sumido en un sue?o profundo, con Becca recostada junto a él como un pájaro que por fin encuentra su nido.

  Mika, lejos de perturbar aquella paz, se deslizó con movimientos fluidos hasta acomodarse en el espacio libre al otro lado de Erik, formando así un triangulo íntimo bajo la cúpula del árbol. Una leve sorpresa cruzó su expresión al comprobar lo profundamente dormido que estaba él, su respiración uniforme meciéndose al compás del susurro vespertino.

  Becca sintió que el rubor te?ía sus mejillas, pero la mirada cómplice de Mika - exenta de todo juicio - la tranquilizó al instante.

  —Se ve tan tranquilo, ?verdad? —susurró Mika, cuya voz sonaba como caricia en la penumbra creciente.

  Becca asintió lentamente, ajustando su posición sobre la hierba mullida.

  —Sí... nunca lo había visto dormir así, tan cerca. —Hizo una pausa, como saboreando la confesión que seguía—. Es... especial estar así con él.

  Mika la observó con esa sabiduría que dan los días compartidos, reconociendo en las palabras de Becca el eco de sus propias emociones.

  —Lo es... —respondió con suavidad, ese tono entre tierno y pícaro que siempre empleaba al hablar de Erik—. Y créeme... cuando te acostumbras, ya no concibes dormir en otro lugar que no sea a su lado.

  Una risita tímida escapó de Becca, pero la calidez en su pecho se expandió como la luz del atardecer. No había rastro de celos en aquel intercambio, solo la complicidad naciente entre dos almas que reconocían en el mismo corazón un refugio. Erik, ajeno a la conversación, permanecía sumergido en sue?os entre ambas, como si su mera presencia tejiera puentes de confianza sin necesidad de palabras.

  El sol continuaba su descenso, ba?ando en tonos dorados y carmesíes el claro donde yacía el trío. A ambos lados de Erik, las jóvenes se acomodaban con esa naturalidad que solo nace de la confianza y el afecto genuino.

  No transcurrió mucho antes de que Hada apareciera en el sendero, deteniéndose con los ojos brillantes al contemplar la escena. Una sonrisa espontánea floreció en sus labios al ver a Erik dormido entre Becca y Mika, ambas reconociendo en sus rostros esa paz que solo conocían quienes habían encontrado su lugar en el mundo. Con pasos de doncella del valle, se acercó y se sentó frente a ellos, disfrutando de la calidez que emanaba aquel cuadro viviente.

  —Parece que están muy cómodas allí —susurró Hada, su mirada viajando entre sus hermanas y Erik.

  Becca, ya consciente de la nueva presencia, le dedicó una sonrisa tímida pero radiante.

  —Sí... es reconfortante estar así con él —respondió—. Erik parece más relajado que nunca.

  Mika rió con suavidad, contemplando a Erik con mirada enternecida.

  —Es asombroso cómo se siente... y verlo así transmite tranquilidad.

  Los minutos se deslizaron entre palabras susurradas, risas contenidas y miradas que hablaban de entendimientos profundos. El tiempo parecía haberse detenido para honrar aquella paz, pero el crepúsculo avanzaba inexorable.

  —Creo que es hora de despertarlo —anunció Mika con una sonrisa traviesa, inclinándose sobre Erik para depositar un beso tierno en su mejilla.

  Hada se acercó entonces con la delicadeza de una mariposa, y con un beso suave en sus labios logró que Erik despertara de repente. Parpadeó varias veces, desconcertado al encontrar los tres rostros amados tan cerca del suyo, y por un instante permaneció inmóvil, tratando de orientarse en la realidad.

  Antes de que pudiera articular palabra, Becca se inclinó y besó su otra mejilla con ternura, arrancándole por fin una sonrisa mientras terminaba de despertar.

  —Ya debemos volver —murmuró Erik, entre divertido y atónito—. Parece que me despertaron a su manera.

  —Sí, volvamos a la aldea a comer algo antes de que oscurezca —propuso Hada, incorporándose con agilidad y tendiéndole una mano para ayudarle a ponerse de pie.

  Los cuatro se levantaron con movimientos coordinados, como una única entidad que despertaba del sue?o, y emprendieron el camino hacia el corazón de la aldea. La brisa crepuscular acariciaba sus rostros mientras avanzaban, y pronto alcanzaron la fogata central donde ya se elevaba el aroma dulce de las frutas frescas dispuestas para la cena.

  Al sentarse juntos en círculo, entre risas y conversaciones suaves, compartiendo los alimentos bajo un cielo que se te?ía de violetas y zafiros, Becca sintió que algo se cerraba y algo nuevo comenzaba. Entre mordiscos a jugosas frutas y miradas cómplices, la tranquilidad de la tarde los fue envolviendo suavemente, guiándolos hacia la oscuridad acogedora de la noche que se avecinaba.

  Cuando la comida terminó, y las noche les cubrió, Erik se levantó con Mika a su lado. Miró a todas las chicas, sonriendo y despidiéndose de manera afectuosa, besos tiernos y abrazos cálidos.

  —Nos vamos a descansar —dijo Erik, con Mika junto a él—. Gracias por la comida, nos vemos ma?ana temprano.

  Bajo el manto estrellado de la noche, Erik y Mika caminaban entrelazados hacia su caba?a. La luz de las estrellas se filtraban entre las ramas, pintando caminos sobre la hierba. Mika apretaba el brazo de Erik, y en sus ojos brillaba una chispa traviesa que prometía complicidades.

  Al traspasar el umbral de madera, el mundo exterior cesó de existir. Mika en un movimiento fluido, giró sobre sus talones y empujó a Erik contra la pared de troncos. Sus manos se aferraron a sus costados, mientras sus labios se encontraban en un beso que no era solo un beso, sino una pregunta y una respuesta, un reencuentro y un redescubrimiento.

  —Erik yo... —susurró Mika entre besos, sus palabras mezclándose con el roce de sus labios.

  Erik respondió con las manos en su cintura, atrayéndola más cerca hasta que no quedó espacio entre sus cuerpos. La tela de sus ropas parecía una barrera molesta entre la piel que anhelaba contacto. Con movimientos urgentes pero nunca bruscos, comenzaron a desvestirse, dejando un rastro de prendas sobre el suelo de madera.

  Al quedar desnudos bajo la tenue luz de las estrellas que se filtraban por la ventana, se detuvieron un momento a contemplarse. Erik bebió la imagen de Mika: su piel ba?ada de la luz de la noche, sus pechos peque?os y firmes elevándose con cada respiración acelerada, la curva sensual de sus caderas. Ella, por su parte, recorrió con la mirada el torso musculoso de Erik, la cicatriz que contaba su historia de supervivencia, la masculinidad que se evidenciaba entre sus piernas.

  —Eres tan hermoso —murmuró Mika, tendiendo una mano para trazar la línea que bajaba desde su esternón hasta mas abajo de su abdomen.

  Erik la tomó en sus brazos y la llevó hacia la cama. Al depositarla sobre el colchón de lana, su cuerpo se cubrió del suyo como una segunda piel. Los besos se hicieron más profundos, más exploratorios. Las lenguas se encontraron en un baile conocido pero siempre nuevo. Las manos de Erik recorrieron cada centímetro de Mika: la suave curva de sus hombros, la sensibilidad de sus costillas, el calor que emanaba entre sus muslos.

  —Esta noche quiero probar algo nuevo —susurró Erik al oído de Mika, sintiendo cómo ella se estremecía ante su aliento caliente.

  La guio con paciencia, colocándola sobre sus manos y rodillas. Mika contuvo la respiración ante la novedad de la posición, sintiendo una mezcla de timidez y excitación. Erik se situó detrás de ella, acariciando su espalda con una mano mientras con la otra se guiaba hacia su unión intima.

  —Relájate, amor —murmuró Erik, besando su hombro—. Déjame amarte así.

  Al entrar en ella, ambos emitieron un gemido ahogado. La nueva posición permitía una profundidad diferente, una intimidad que les hizo sentir que se fundían en uno solo. Erik movía sus caderas con ritmo constante, mientras sus manos recorrían el cuerpo de Mika, acariciando sus pechos, su vientre, el núcleo de su placer.

  —?Erik! —gritó Mika en un susurro entrecortado, aferrándose al colchón que tenían bajo ellos—. Así... no pares...

  El ritmo se aceleró, y pronto el mundo se redujo a jadeos entrecortados, piel sudorosa y el sonido húmedo de sus cuerpos uniéndose. Mika giraba la cabeza hacia atrás buscando los labios de Erik, y cuando se encontraban en besos torpes pero apasionados, el clímax los alcanzó como una ola que arrasa con todo. Erik se hundió profundamente en ella con un gemido ronco, mientras Mika gritaba su nombre, con su interior palpitando alrededor de él en espasmos de éxtasis.

  Colapsaron juntos sobre el colchón de lana, jadeantes y cubiertos de un sudor que olía a pasión y a noche estival. Erik rodó sobre su espalda, llevando a Mika con él para que quedara recostada sobre su pecho. Permanecieron así varios minutos, solo respirando, mientras sus corazones frenéticos encontraban de nuevo su ritmo habitual.

  Minutos después ya con las respiraciones mas tranquilas, fue Mika quien rompió el silencio, jugueteando con un rizo rebelde en la nuca de Erik.

  —Oye... —susurró, mordisqueando su labio inferior—. Quiero preguntarte algo... pero prométeme que me dirás la verdad.

  Erik acarició su mejilla sonrojada.

  —?Sobre qué?

  Ella escondió momentáneamente el rostro en su cuello antes de responder.

  —Sobre Lera... —soltó finalmente—. Anoche fue su primera vez contigo, ?verdad? Quiero saber... si fue mejor que conmigo.

  Erik no pudo evitar una sonrisa ante los celos apenas disimulados. Le tomó la barbilla con suavidad y la besó lentamente.

  —Mika —dijo con sinceridad—, cada momento con ustedes es único. Con Lera fue especial porque era su primera vez, y quise que fuera lenta, tierna, que se sintiera segura. Pero lo nuestro... —sus manos bajaron por su espalda desnuda— comenzó en la cascada, igual de lenta y tierna, pero ahora es salvaje y libre, y cada vez que estamos juntos es igual de intenso. Nunca podría comparar lo incomparable.

  Mika lo escuchaba, y aunque el rubor no abandonaba sus mejillas, una sonrisa orgullosa se dibujó en sus labios.

  —Así que mi primera vez sigue siendo la mejor, ?eh? —bromeó, pellizcándole suavemente el pecho.

  Erik rió y la estrechó contra sí.

  —La tuya fue y será siempre única, Mika. No hay punto de comparación.

  Ella suspiró, satisfecha, apoyando la cabeza en su hombro.

  —Está bien entonces... —murmuró, cerrando los ojos—. Me gusta saber que te pertenezco de una manera especial... aunque te comparta con las demás.

  Después de unos minutos, se levantaron para lavarse con telas húmedas y agua fresca. Pero lo que comenzó como una tarea práctica pronto se transformó en un juego sensual. Las manos de Erik humedecían los pechos de Mika con movimientos circulares, haciendo que ella arqueara la espalda y emitiera peque?os gemidos. Mika, por su parte, tomó la tela y limpió el sudor del torso de Erik, pero pronto su mano descendió hasta tomar su miembro, haciendo que Erik gimiera con calma haciendo que ya comenzaba a mostrar interés renovado.

  —Eres insaciable —murmuró Mika, mordiendo su labio al sentir cómo crecía en su mano.

  —Y tú no te quedas atrás —respondió Erik con voz ronca, mientras besaba el pezón de su seno derecho y sus manos acariciaban las nalgas de ella.

  La tensión sexual volvió a apoderarse de ellos, y esta vez fue Mika quien guio a Erik hacia su mesa de trabajo. Erik la levantó para sentarla sobre la superficie de madera pulida, separándole las piernas para situarse entre ellas. Esta vez no había prisa, solo la deliciosa exploración de cuerpos que ya se conocían pero siempre encontraban nuevos matices.

  Erik se inclinó para tomar un pezón entre sus labios, saboreando su textura erecta mientras sus dedos encontraban lo húmedo entre sus piernas. Mika lanzó la cabeza hacia atrás con un gemido, sus manos aferrándose al borde de la mesa. Cuando Erik entró en ella esta vez, el ángulo era diferente, y cada empuje hacía que Mika viera estrellas.

  —Más despacio... —suplicó ella, pero sus caderas contradecían sus palabras, moviéndose al compás de las de Erik.

  Esta segunda unión fue más prolongada, más experimental. Erik probó diferentes ángulos y ritmos, aprendiendo qué hacía sentir mas placer a Mika, qué la hacía arquearse, qué la hacía suplicar por mas. Cuando finalmente alcanzaron el clímax, fue con una intensidad que los dejó temblando, aferrados el uno al otro como náufragos en un mar de sensaciones.

  Al separarse, jadeantes y con sonrisas de complicidad, Mika seguía sentada en la mesa, sus piernas demasiado débiles para sostenerla.

  —Erik, nunca pensé que... podríamos... dos veces seguidas —dijo entre risas entrecortadas.

  Erik la ayudó a bajar y esta vez completaron su limpieza con caricias suaves y besos tiernos. Cuando por fin se acostaron en la cama, el cansancio los venció rápidamente. Abrazados, con las piernas entrelazadas, se durmieron con el recuerdo del placer compartido danzando en sus sue?os, sabiendo que lo que tenían era único, aunque su corazón tuviera espacio para más de un amor.

  El sol matutino se filtraba por las rendijas de la caba?a, iluminando motas de polvo que danzaban en el aire como partículas de magia cotidiana. Becca había ido a buscar a Erik y Mika, quienes no habían ido a desayunar. Los llamó varias veces desde afuera de la caba?a, pero no obtuvo respuesta. La preocupación la hizo decidir entrar, y lo que vio la dejó completamente paralizada por unos segundos.

  Sobre el colchón de lana, Erik y Mika yacían entrelazados en un abrazo profundo. La manta apenas sobre ellos, revelando el cuerpo de Erik. Becca sintió que el rubor le ascendía desde el cuello hasta las mejillas mientras sus ojos recorrían, casi sin querer.

  —E-Erik... —susurró para sus adentros, sintiendo un escalofrío que no era de frío—. Así es... su cuerpo, en verdad...

  Sacudiéndose de su estupor, se acercó a la cama y se inclinó sobre Mika, tocando su hombro con delicadeza.

  —Mika... ?despierta! —susurró, aunque su voz sonó extra?a, entrecortada—. Ya es hora de desayunar...

  Mika entreabrió los ojos, confundida por unos segundos antes de enfocar la mirada en Becca. Al sentarse, la manta cayó completamente, revelando más de lo que Becca había anticipado. Sus ojos se encontraron inadvertidamente con el cuerpo completo desnudo de Erik, con esa línea que se marcaba desde el esternón hasta su intimidad. Un calor repentino inundó su rostro.

  —Ehm... hola, Becca —murmuró Mika, frotándose los párpados con los nudillos.

  —Yo solo... —Becca tragó saliva, forcejeando por mantener la mirada en el rostro de Mika—. Quería asegurarme de que fueran a desayunar... No respondían cuando los llamé, por eso entre.

  El movimiento fue casi imperceptible al principio. Erik giró la cabeza sobre la almohada, sus dedos se crisparon ligeramente. Cuando sus ojos se abrieron, encontrándose con la mirada fija de Becca - una mezcla de curiosidad y turbación - la comprensión lo golpeó de inmediato. Con un movimiento rápido pero torpe, tomo la manta del suelo y se cubrió con ella y sus manos, el rubor ti?endo sus mejillas con una intensidad que rivalizaba con el amanecer.

  —B-becca... lo siento —tartamudeó, llevando la manta para cubrir lo que se necesitaba cubrir—. No esperábamos visitas.

  Becca desvió la mirada hacia el suelo de madera, respirando hondo para calmar el torbellino en su pecho. Cuando alzó la vista nuevamente, había una determinación tierna en sus ojos.

  —No... no te disculpes, Erik —dijo, y su voz sonó más firme esta vez—. Algún día tendría que ver cómo es tu cuerpo entero en realidad... Ahora somos pareja, así que... —una sonrisa tímida asomó en sus labios— ya no es un secreto que deba permanecer escondido.

  Erik asintió lentamente, algunos de los nervios abandonando sus hombros. Becca dio un paso hacia atrás, jugueteando inconscientemente con el borde de su trenza.

  —Bueno... —continuó, intentando recuperar algo de normalidad— vístanse y vayan a desayunar, ?sí? Ya saben que Arlea insiste en que es la comida más importante del día... —Su voz quebró ligeramente al final, delatando la emoción que aún hervía bajo la superficie.

  Mika, ya más despierta, asintió con una sonrisa comprensiva mientras buscaba su ropa dispersa por el suelo de madera. Erik, todavía ruborizado pero visiblemente aliviado, murmuró un "en seguida vamos" mientras localizaba sus pantalones con la vista.

  Becca giró sobre sus talones y salió de la caba?a. Se detuvo un momento fuera, apoyando la espalda contra la madera áspera mientras exhalaba profundamente. En su rostro se libraba una batalla entre la vergüenza y una curiosidad dulcemente picante. Los dedos se elevaron hasta tocarse los labios, como si estuviera sellando en la memoria la imagen que acababa de presenciar - no con morbo, sino con la tierna reverencia de quien acaba de descubrir una nueva capa de intimidad con la persona que ama.

  Dentro de la caba?a, Erik y Mika se miraron por un instante antes de que una risa suave y compartida llenara el espacio entre ellos. La complicidad de la ma?ana tejiendo otro hilo en el tapiz cada vez más complejo y hermoso de sus vidas entrelazadas.

  El desayuno transcurría con la calma habitual. Bajo la sombra del gran árbol central, el grupo compartía frutas dulces y agua fresca mientras comentaban las tareas del día. Becca participaba con sonrisas corteses y asentimientos oportunos, pero su mente navegaba en aguas mucho más profundas.

  Cada vez que cerraba los ojos por un instante, la imagen del cuerpo Erik reaparecía con sorprendente claridad. Y entre estos flashes de memoria, resonaban las palabras que Mika había compartido en confidencia días atrás:

  —"Es como fundirse con él... como si por fin encontraras la pieza que te faltaba".

  Ahora esas palabras tenían textura, forma, calor. Becca podía visualizar cómo sería presionar su palma contra aquella espalda, sentir el latido de dos corazones sincronizándose. Un estremecimiento le recorría el vientre cada vez que la imaginación se adelantaba a la realidad.

  —?Becca? —la voz de Arlea la sacó de su ensue?o—. ?Podrás ayudarme con los cestos después?

  —Sí, claro —respondió automáticamente, mientras notaba cómo el calor se extendía por su cuello.

  Cuando el desayuno concluyó y el grupo comenzó a dispersarse, Erik se demoró estratégicamente hasta que Becca quedara momentáneamente sola recogiendo los cuencos de madera. Se acercó con cierta cautela, sus pasos más silenciosos de lo habitual.

  —Becca... —murmuró, y ella alzó la vista sintiendo cómo el corazón se aceleraba—. Sobre lo de esta ma?ana... —él se pasó una mano por la nuca, un gesto que delataba su incomodidad—. Fue muy irresponsable de mi parte. Si hubiera sido Suri quien entrara... —Dejó la frase en el aire, pero el significado era claro.

  Becca observó cómo su expresión se tornaba genuinamente preocupada. él continuó, bajando la voz hasta convertirla en un susurro íntimo:

  —No me preocupa tanto que me hayas visto tú, porque... bueno, eres mi pareja y era inevitable que llegara ese momento. Pero con Suri... —Negó lentamente—. Es diferente, y jamás querría que me viera de esa manera.

  Las palabras de Erik despertaron en Becca una sensación cálida que se expandió desde el pecho hasta la punta de los dedos. Aquella preocupación, aquel cuidado extremo por los límites con Suri, hacían que su propia posición en su vida se sintiera más definida, más especial.

  —Lo entiendo, Erik —respondió, y su voz sonó más segura de lo que esperaba—. Sé que con Suri nunca permitirías que ocurriera, y yo... —Bajó la mirada hacia los cuencos que sostenía, notando cómo sus dedos se aferraban un poco más fuerte—. No me ha disgustado lo que vi.

  Erik exhaló suavemente, y algunos de los rasgos tensionados de su rostro se suavizaron.

  —Gracias por comprender, Becca. Solo necesitaba asegurarme de que lo supieras.

  Ella alzó la vista entonces, permitiendo que sus ojos se encontraran con los de él. Aunque el rubor persistía en sus mejillas, su mirada era firme.

  —Lo sé —susurró—. Y créeme, lo valoro.

  Por un momento que pareció extenderse más de lo normal, permanecieron quietos, sumergidos en un silencio que hablaba de entendimientos recién alcanzados y promesas tácitas.

  Erik se despidió de ella con un suave beso en los labios, y se alejó, Becca quedó unos segundos quieta, mirando al suelo y repasando en su mente lo que acababa de hablar con él. Recordó el momento en la caba?a, la sorpresa, la timidez… pero también lo que Erik le había dicho con tanta seriedad. Aquello le dejó claro que no la veía como una ni?a, sino como su pareja.

  Aunque había sido un accidente, le dio cierta tranquilidad y hasta ilusión saber que algún día estaría junto a él de esa forma, como Mika o Lera. Sus mejillas volvieron a sonrojarse, y sin poder evitarlo, una sonrisa tímida se le escapó mientras pensaba: “Sí… soy su pareja… y algún día también será conmigo.”

  No mucho después, mientras Erik descansaba en la sombra, Suri apareció corriendo con una tablita de madera echa por Lera, con ayuda de Erik y un palito de carbón en mano.

  —?Erik, Erik! —exclamó, sentándose junto a él con entusiasmo—. ?Podemos seguir con las letras? ?Quiero aprender más!

  Erik la miró con cari?o y asintió.

  —Claro, Suri. Me alegra que tengas tantas ganas de aprender.

  La peque?a sonrió y se acomodó a su lado, con los ojos brillando de ilusión. Mientras él le explicaba algunas letras y palabras nuevas, Becca se acercó también con curiosidad.

  —?Podría… ver otra vez cómo se hacen esas letras? —preguntó, un poco cohibida.

  Erik sonrió divertido.

  —Por supuesto, Becca. Siéntate.

  No tardó en que la escena llamara la atención de las demás chicas. Primero apareció Lera, luego Mika, hasta Hada y Arlea terminaron rodeando a Erik y Suri.

  El aire de la tarde se tornó dulce con el murmullo de voces femeninas alrededor de Erik. Bajo la sombra del gran árbol, se había formado un círculo espontáneo de aprendizaje donde las letras se convertían en puentes hacia mundos desconocidos.

  Suri, con su tablita apoyada en las rodillas, trazaba y borraba con dedicación absoluta. Su lengua asomaba entre los labios en un gesto de concentración que arrancaba sonrisas. De vez en cuando, alzaba la vista hacia Erik como buscando aprobación, y cuando él asentía, sus ojos brillaban con un orgullo que iluminaba su rostro infantil.

  Becca observaba con atención más discreta, pero igualmente fascinada. Sus dedos seguían el trazo de las letras en el aire, repitiendo mentalmente cada forma. Cada vez que atrapaba una nueva combinación de sonidos, una sonrisa de triunfo se dibujaba en sus labios.

  Lera, con su natural serenidad, ayudaba a las demás cuando tropezaban con alguna letra particularmente rebelde. Su voz calmada explicaba una y otra vez la diferencia entre la "B" y la "D", mientras Mika fruncía el ce?o en un adorable gesto de frustración.

  —?Es que hay varias que se parecen mucho! —protestó Mika, llevándose las manos a la cabeza—. ?Quién inventó tantas formas distintas?

  Hada y Arlea intercambiaron miradas divertidas. La primera se inclinó hacia Mika con picardía:

  —Al menos no tienes que cazarlas como a los ciervonejos. Se quedan quietas en la tablita.

  La risa general que siguió alivió la tensión del aprendizaje. Erik observaba la escena con una mezcla de nostalgia y felicidad. En su mundo, el conocimiento había sido un lujo, luego un arma, y finalmente un recuerdo amargo. Pero aquí, bajo este árbol, rodeado de estas mujeres que veían cada letra como un descubrimiento maravilloso, la escritura recuperaba su magia original.

  —Yo también me pierdo… —rió Arlea, aunque seguía atenta.

  Suri, en cambio, repetía con entusiasmo cada letra que Erik trazaba, memorizándola con rapidez. Erik reía bajo al ver las expresiones de las demás, animándolas con paciencia.

  —No se preocupen. Con práctica todas podrán aprender… pero debo admitir que Suri tiene muy buena memoria.

  La ni?a se infló de orgullo, como si hubiera ganado un premio, mientras las demás suspiraban entre risas y resignación, aceptando que aprender a leer y escribir no era tan sencillo como parecía.

  Erik tomó un respiro y sonrió al ver la expectación en sus rostros.

  —Bueno… ya que quieren aprender tanto, ?Qué les parece si empezamos con algo especial? —les dijo, gui?ando un ojo—. Vamos a escribir sus nombres.

  Los ojos de las chicas se iluminaron de inmediato.

  —?Sí! —saltó Hada, adelantándose.

  —?Yo quiero ver cómo se escribe el mío! —a?adió Mika con una sonrisa divertida.

  —Yo también —dijo Arlea, cruzándose de brazos, pero con la emoción brillando en su mirada.

  Erik, sin embargo, se rascó la cabeza.

  —El problema es que… yo no sé exactamente cómo deberían escribirse. Sus nombres son distintos a los de mi mundo, así que… lo que haré será escribirlos como suenan, de varias maneras, y ustedes eligen cuál les gusta más.

  Las chicas se miraron unas a otras y rieron.

  —Eso suena divertido —comentó Becca.

  Erik tomó el palito y empezó a escribir en la tablita. Para “Mika”, hizo tres versiones: Mika, Myka, Meeca.

  —A ver, ?Cuál prefieres?

  Mika miró las opciones, infló las mejillas y se?aló la primera.

  —?Esa! La más simple. Mika. —Luego rio suavemente—. Las otras parecen mas raras y difíciles de aprender.

  Las demás rieron y aplaudieron mientras Erik asentía.

  Con “Hada” hizo lo mismo: Hada, Jada, Ada.

  Hada arqueó una ceja y rio divertida.

  —Pues claramente esta “Hada”.

  Luego fue el turno de Becca: Becca, Beka, Beqa.

  Ella se inclinó con curiosidad, tocando con el dedo la versión con doble “c”.

  —Esta… me gusta así, con dos. Se ve más fuerte.

  Arlea recibió tres opciones también: Arlea, Arlia, Arleya.

  Ella miró en silencio, pensativa, y terminó eligiendo la primera.

  —Simple y claro. Esa soy yo.

  Por último, Lera observó sus variantes: Lera, Laira, Lhera.

  Se rió al verlas, y con un gesto suave se?aló la primera.

  —No necesito adornos. “Lera” está perfecto.

  Todas terminaron riendo y mirando sus nombres escritos en la tablita como si fueran tesoros. Incluso las que aún no lograban recordar el abecedario completo se sintieron felices de ver sus nombres allí, escogidos por ellas mismas.

  Erik, mientras borraba y volvía a escribir para practicar con ellas, pensó con una sonrisa que aquel momento tan sencillo quedaría grabado para siempre en la memoria de todas.

  La elección de cada variante revelaba algo de su personalidad: la practicidad de Mika, la sensibilidad poética de Hada, la firmeza de Becca, la elegancia sencilla de Arlea, la sabiduría sin pretensiones de Lera.

  Cuando todas ya tenían sus nombres elegidos y repetidos varias veces en sus respectivas tablitas, Becca levantó la mirada con curiosidad.

  —?Y tú, Erik? —preguntó con una sonrisita—. ?Cómo se escribe tu nombre?

  De inmediato todas se voltearon hacia él, expectantes.

  Erik se quedó un momento pensativo, como si aquel detalle despertara recuerdos lejanos. Luego tomó el palito y escribió con cuidado:

  E R I K

  —Así —dijo con una sonrisa leve—. Mi nombre es corto, no tiene muchas formas distintas de escribirse.

  Al escribir su propio nombre, Erik sintió un viaje en el tiempo. Las letras le trajeron el eco lejano de su hermana Sofia guiando su mano sobre el papel, el olor característico del aula de la escuela, el sonido de los aviones sobrevolando que interrumpían para siempre aquellos días de inocencia.

  Suri ladeó la cabeza y lo observó con atención.

  —?Si es igualita a lo que hay en mi medalla de madera, y quién te ense?ó a escribir? —la pregunta de Suri resonó con una pureza que cortó el velo de sus recuerdos.

  Erik miró las caras expectantes alrededor suyo y comprendió que esta vez, los recuerdos dolorosos podían compartirse sin amargura.

  —Al principio en la escuela, pero… yo solo pude ir hasta cierta edad. Después la guerra lo cambió todo y ya no pude seguir. —Sus ojos se entristecieron un momento, pero luego sonrió—. Lo demás lo aprendí con mis abuelos —respondió, y notó cómo su voz sonaba más suave—. Después de que la guerra me quitó todo, ellos insistieron en que el conocimiento era lo único que nadie podría robarnos.

  Las chicas se miraron entre sí, sorprendidas. Mika murmuró en voz baja:

  —Así que hasta en tu mundo, aprender no era tan fácil como pensábamos…

  —Si —asintió Erik—. Por eso me alegra ense?arles a ustedes, porque aquí no hay guerra ni soldados que interrumpan la vida. Tienen la oportunidad de aprender con calma.

  Un silencio respetuoso acogió sus palabras. Por primera vez, comprendían que aquellas marcas no eran solo juegos, sino legados de resistencia, testigos de que incluso en la oscuridad, la luz del aprendizaje podía mantenerse encendida.

  Suri, que había estado acariciando su tablita con los dedos, levantó la mirada brillante hacia él y dijo con orgullo:

  —Entonces yo también quiero aprender todo lo que tú sabes… porque cuando sea grande voy a firmar mi nombre junto al tuyo.

  Las chicas se sonrieron ante sus palabras, cada una interpretándolas a su manera. Erik le revolvió suavemente el cabello con ternura, como haría un hermano, y cerró la peque?a lección con un gesto firme.

  —Está bien, Suri… y ustedes también —miró a todas las demás—. Si quieren, ma?ana seguimos practicando.

  Un murmullo emocionado recorrió al grupo. Becca apretó su tablita contra el pecho, no como un tesoro material, sino como la llave de un mundo que apenas comenzaba a entreabrirse para ellas. Hada bromeó diciendo que se estaba volviendo una ni?a otra vez por la ilusión de aprender cosas de otro mundo.

  Cuando la lección concluyó y las sombras se alargaron, ninguna quiso ser la primera en irse. Quedaron sentadas en círculo, pasándose las tablitas, comparando trazos, riéndose de los errores y celebrando los peque?os triunfos.

  Erik observaba el grupo y sentía que, de alguna manera inexplicable, cada letra aprendida, cada nombre escrito, tejía un hilo más fuerte entre su pasado y su presente. Aquí, en esta aldea que le había abierto los brazos, la escritura ya no era un recordatorio de lo perdido, sino una promesa de lo por venir.

  Y cuando Suri se recostó contra su hombro, exhausta pero feliz, con su tablita abrazada como quien abraza un sue?o, Erik supo que había encontrado algo más valioso que cualquier conocimiento: un motivo para seguir ense?ando, para seguir construyendo, para seguir viviendo.

  El ciclo de días se deslizó suavemente, marcado por el ritmo de las lecciones improvisadas que se habían convertido en un ritual cotidiano, después de los deberes del día. Bajo la sombra protectora del gran árbol o alrededor de la mesa central, las tablitas de madera y los palitos de carbón circulaban de mano en mano, tejiendo un nuevo lenguaje compartido.

  Suri florecía en ese ambiente de aprendizaje. Su mente ágil absorbía cada palabra, cada combinación de letras, con una facilidad que dejaba boquiabiertas a las demás. Mientras las otras todavía forcejeaban con las formas básicas del abecedario, ella ya componía frases sencillas, escribiendo los nombres de las herramientas de caza y las plantas medicinales con una precisión que parecía mágica.

  Una tarde, mientras Suri trazaba sin vacilar la palabra "ciervonejo" después de verla una sola vez, Lera dejó escapar un suspiro de admiración y frustración contenida.

  —Es como ver crecer hierba en tiempo de lluvia —comentó, apoyando la barbilla en sus manos—. Yo aún lucho por recordar si la 'b' mira hacia la derecha o hacia la izquierda, y ella ya escribe palabras que yo ni siquiera puedo leerlas correctamente.

  Las risas que siguieron fueron cálidas, sin rastro de envidia. Mika se recostó sobre la hierba, jugueteando con su tablita sin terminar.

  —Al menos una de nosotras será sabia —bromeó, gui?ándole un ojo a Suri—. Yo me conformo con recordar dónde dejé mi arco de caza.

  Fue entonces cuando Erik, que había estado observando el intercambio con una sonrisa tierna, intervino con voz pausada:

  —En mi mundo... a esto lo llamábamos memoria fotográfica.

  El término desconocido flotó en el aire, despertando la curiosidad de todas. Becca, que había estado practicando su nombre con particular dedicación, alzó la vista con interés.

  —?Memoria... fotográfica? —repitió, saboreando las sílabas extra?as—. ?Qué significa eso?

  —Significa —explicó Erik, mientras su mirada se posaba en Suri con un respeto casi reverencial— que hay personas cuyo cerebro puede capturar imágenes con solo verlas una vez, como si tomaran una pintura mental que nunca se borra. No necesitan repetir una y otra vez; solo... recuerdan.

  El silencio que cayó sobre el grupo era palpable, cargado de asombro. Hada, siempre expresiva, llevó sus manos a la boca.

  —?Quieres decir que... Suri es así? ?Qué puede guardar todo lo que ve como en un cajón de tesoros en su cabeza?

  Suri bajó la mirada, repentinamente consciente de todas las miradas fijas en ella. Sus dedos jugueteaban nerviosos con el borde de su vestido de lana, incapaces de decidir entre la timidez y un incipiente orgullo.

  Erik se inclinó hacia la ni?a, y su mano encontró su hombro en un gesto que era a la vez protector y lleno de admiración.

  — Sí —confirmó, y su voz sonó con una solemnidad nueva—. Suri es especial. De una manera que ni siquiera en mi mundo era común.

  Los murmullos de asombro se elevaron entonces como un suave zumbido. Miradas de respeto y cari?o se dirigieron hacia la ni?a, que ahora sonreía tímidamente, comprendiendo que lo que siempre había sentido como era natural, en realidad, extraordinario.

  Mientras las chicas se agrupaban alrededor de Suri, haciéndole preguntas y pidiéndole que demostrara su habilidad con nuevas palabras, Erik guardaba sus propios pensamientos en silencio:

  — "Nunca creí que llegaría a conocer a alguien así, solo leí en libros antiguos sobre esas personas, porque podían aprender de todo a una velocidad increíble. ", —reflexionó, observando cómo Suri escribía ahora "arco" y "flecha" sin titubear. "Y sin embargo, aquí está, en este lugar donde menos lo esperaría. No en una gran ciudad con maestros y bibliotecas, sino aquí, con las manos manchadas de carbón y el corazón lleno de curiosidad".

  Una oleada de responsabilidad lo recorrió, más intensa que cualquier otra que hubiera sentido antes. No se trataba solo de proteger a una ni?a, sino de nutrir un don precioso, una semilla de conocimiento que podría florecer de maneras que ni siquiera podía imaginar. En la mente ágil de Suri, Erik vislumbró no solo el futuro de la aldea, sino la posibilidad de preservar y expandir todo lo que él había traído consigo desde su mundo.

  Cuando la sesión de ese día llegó a su fin y las chicas se dispersaron hacia sus quehaceres, Erik se quedó un momento más bajo el árbol, observando a Suri ayudando a Becca a corregir su escritura. En ese instante, supo que su lugar en la aldea había adquirido un nuevo significado: no solo era el protector, el cazador, el hermano mayor o el esposo de las chicas, sino también el guardián de un potencial que merecía crecer en un mundo donde la guerra no pudiera destruirlo nunca más.

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