Al colocarse el anillo carmesÃ, el mundo dejó de sonar. El viento, el temblor, los gritos lejanos, todo quedó suspendido como si el tiempo hubiera sido atrapado en cristal. Su conciencia fue arrastrada a un vacÃo rojo oscuro, donde la realidad parecÃa respirar.
Frente a él apareció una silueta hecha de sombra pura. No tenÃa forma definida, pero su presencia pesaba como un cielo entero.
El verdadero rey de Aetherion.
El dios sellado.
Apocalip’s.
—?Cómo pudiste? —preguntó la entidad, con una voz que no viajaba por el aire, sino por el alma—. ?Cómo obtuviste un poder que me pertenece?
Kael observó el anillo en su mano. El diamante carmesà latÃa como un corazón vivo.
—No lo sé —respondió con honestidad—. Fue un regalo. De alguien llamado Cross.
La sombra vibró. El espacio tembló.
—Entonces ya es hora —declaró Apocalip’s—. Hora de que yo actúe.
El trance se rompió.
Kael volvió al campo de batalla y alzó la mirada. En el cielo flotaba un ojo gigantesco, abierto, consciente. De él cayó una lágrima de luz oscura que se estrelló contra la tierra… y de esa lágrima emergió Apocalip’s.
No habló. No dudó. Se lanzó directo hacia King.
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El aire se volvió pesado, como si el mundo estuviera siendo comprimido por manos invisibles. Cada paso del dios agrietaba la realidad. King lo sintió y, por primera vez desde su transformación, retrocedió.
Intentó huir.
No fue suficiente.
Apocalip’s lo alcanzó y lo envolvió en su sombra. Ambas presencias se comprimieron, formando un huevo negro y rojo que flotó sobre el terreno como un corazón a punto de estallar. Empezó a absorber la energÃa del entorno. El suelo se secó. El cielo se oscureció.
Kael llegó en ese instante.
—?Todos deben irse! —gritó—. ?Ahora!
Nadie querÃa moverse.
—?Protejan la ciudad! ?A los civiles! Si esto explota, no quedará nada.
La verdad en su voz cortó la indecisión. Los equipos se dispersaron en distintas direcciones.
Zoliat detuvo a Noli, Eisvard y Kira.
Su estado era inestable. Su brillo espiritual se deshacÃa como ceniza luminosa.
Les dio la noticia. Sus hermanos. Sus estudiantes. Perdidos en la destrucción.
El silencio que siguió fue más fuerte que cualquier explosión.
—Rompà un tratado que no debÃa —dijo con serenidad triste—. Mi tiempo termina aquÃ. El suyo apenas comienza.
Los tres lo abrazaron con fuerza, llorando sin poder contenerse. Zoliat los sostuvo como siempre lo habÃa hecho. Como padre. Como guÃa.
Luego miró a Kael y le extendió una gema brillante.
—Cómetela.
Kael dudó solo un instante. Al hacerlo, sintió que la Materia X dentro de su cuerpo dejaba de ser una fuerza rebelde. Se alineó. Se volvió suya.
—La preparé desde que regresé —explicó Zoliat—. SabÃa que la necesitarÃas.
Un último abrazo. Una última sonrisa cansada.
—Cuida este mundo, muchacho.
Zoliat se desvaneció en luz, igual que Zharet.
Los chicos quedaron de rodillas, rotos por la pérdida, pero vivos. Y por eso mismo, responsables de seguir.
Kael volvió su atención al huevo oscuro. Las grietas comenzaron a dibujarse en su superficie. El temblor regresó. El cielo terminó de cerrarse.
La cáscara estalló.
Apocalip’s emergió en su forma perfecta, hecho de sombra sólida y corona de vacÃo. Caminó hacia Kael sin prisa, como quien ya conoce el final del libro.
Ambas auras chocaron y se elevaron como columnas hasta las nubes.
El dios sonrió.
—No importa cuánto lo intentes —dijo—. No lograrás vencerme.

