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|Capítulo 4|Cena Familiar

  "No solo el cambio afectó a la flora y la fauna, sino que también se manifestó en los insectos. Aquellas criaturas que antes podíamos aplastar bajo la suela de un zapato comenzaron como una simple bestia menor, pero cuando agarraron buen tama?o se convirtieron en las peores adversarias a enfrentar. Resultaban mucho más letales, más resistentes, más rápidas y, sobre todo, más difíciles de eliminar que cualquier otra criatura. Siempre las habíamos considerado de máxima prioridad para erradicar, pero el auténtico desafío, el verdadero enemigo a vencer, siempre fueron las hormigas."

  -Fragmento de tesis de un estudiante universitario de la nueva era

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  Cuando el vehículo se detuvo frente a la vivienda familiar, ambos hombres bajaron del auto de Don To?o. Al, al salir del coche, abrió de inmediato la puerta trasera para dejar salir a un inquieto Ash. El felino, al poner sus patas en el suelo, se estiró con la elegancia característica de su especie, arqueando el lomo y extendiendo cada una de sus garras. Al abrir su boca en un bostezo profundo, dejó ver unos colmillos inusualmente largos y afilados, que brillaron bajo la luz del atardecer.

  Acto seguido, Ash se dirigió hacia la entrada de la casa con pasos seguros, acompa?ando a su due?o y a Don To?o, quien buscó entre su llavero la llave adecuada. El sonido metálico del manojo de llaves y el posterior clic de la cerradura al abrirse marcaron el ingreso al hogar.

  Al cruzar el umbral, los recibió una cálida y bienvenida fragancia a flores, proveniente del limpiador que siempre utilizaba la familia, mezclada con el tentador aroma a pescado recién cocido, condimentado con hierbas y especias. El olor era tan intenso y apetitoso que provocó que a ambos hombres, recién llegados de una larga jornada laboral, les rugieran las tripas casi al unísono. Mientras, Ash, que permanecía a un costado, se relamía los bigotes con evidente anticipación, como si también supiera que una buena cena los esperaba.

  Al cruzar la puerta, un par de pisadas rápidas y ligeras resonaron en el pasillo. Apareció un adolescente de piel morena clara, bronceada por el sol, pelo negro liso peinado de manera informal y ojos casta?os llenos de vitalidad. Su constitución física delataba a un joven deportista: espalda ancha, piernas fuertes y un porte que denotaba flexibilidad y un excelente control de su centro de gravedad.

  ??Al!?, exclamó Leo con genuina alegría, acercándose rápidamente.

  El joven adulto respondió con una sonrisa amplia, y ambos se saludaron con una palmada fraternal en la espalda que terminó convertida en un abrazo fuerte y sincero, como el de dos hermanos que se reencuentran después de un tiempo.

  ??Leo!?, dijo Al al separarse. Tomó un momento para observar a su primo de pies a cabeza, notando con sorpresa cómo había crecido desde su último encuentro. Los últimos vestigios de la infancia habían dado paso a rasgos más definidos: la mandíbula más angulada, los hombros más anchos, y una estatura que ahora rozaba su barbilla, superando claramente la altura que tenía meses atrás.

  ?Ya estás más alto, Leo?, comentó Al con orgullo, mientras le acariciaba el cabello y le revolvía el pelo con cari?o.

  ?Gracias, pero deja eso? protestó Leo con una media sonrisa, moviendo su mano en un movimiento ágil ?Ya no hace falta que me trates como a un ni?o.?

  ?Oye, hijo, ?y no hay saludo para tu viejo??, preguntó Don To?o, abriendo los brazos con una sonrisa amplia y expectante.

  ?Oh, sí. Hola, papá. ?Cómo te fue??, respondió Leonardo con un tono monótono y despreocupado, como quien saluda a alguien que ve a diario y da por hecho el encuentro.

  Don To?o, con un suspiro de resignación, se dirigió hacia la sala de estar doblando a la derecha del pasillo. Al sentarse en su sillón habitual, dejó escapar un suspiro profundo que parecía arrastrar consigo toda la fatiga acumulada del día.

  En ese momento, una nueva voz surgió desde la cocina, cálida y familiar: ?Hola, cari?o, ?cómo te fue??

  Era Rosa, una mujer de mediana edad, de piel morena clara y cabello negro tan largo que, recogido en una cola de caballo, le llegaba hasta la mitad de la espalda. Sus ojos casta?os, brillantes y heredados por su hijo, contrastaban con unas cuantas canas que plateaban sus sienes. Aún conservaba los vestigios de una belleza que en su juventud debió ser notable: pómulos altos, labios finos y una sonrisa que, aunque ahora mostraba algunas líneas de expresión, mantenía su encanto natural.

  Se acercó a su esposo con pasos firmes y le plantó un beso breve pero cari?oso en los labios, saludándolo con la complicidad de quien lleva a?os compartiendo la vida.

  Casi de inmediato, los dos jóvenes llegaron a la sala. Rosa alzó la mirada y les dirigió una sonrisa amplia, abriendo los brazos para envolver a su sobrino en un abrazo maternal. ??Al! Qué bueno que decidiste venir. ?Por qué ya no nos visitas? Tu presencia hace falta en esta casa.?

  ?Pues... he estado con unos amigos...?, dijo Al, evitando el contacto visual. Aunque no mentía, la verdadera razón de sus ausencias era más simple: la pereza de caminar la distancia, su rechazo a gastar en Uber, y la paciencia limitada para esperar los camiones.

  ??Amigos dices? Espero que no sean otra vez esos amigos tuyos de la computadora ?respondió Rosa, alzando ligeramente la barbilla. ?Esos no son amigos de verdad...? Hizo una pausa breve, observándolo con intensidad. ??O has vuelto a salir de noche? En estos tiempos ya no es seguro, Al. Con todos esos ataques de animales que salen en las noticias, y los asesinatos... como aquella vez que hubo tantos crímenes aquí en la zona.? Su tono comenzó con duda, pero rápidamente se transformó en una advertencia firme, con la mezcla de preocupación maternal y autoridad que la caracterizaba.

  ?No se preocupe, tía ?intentó calmarla Al. ?Solo salgo para comprar comida y para ir al trabajo. Ahora que estoy en vacaciones de la universidad, tampoco es que tenga mucho más por hacer.?

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  ?Bueno, te creeré... pero que no se te ocurra salir de noche. Es peligroso?, insistió Rosa, con la mirada fija en él, como sellando un pacto no dicho. Finalmente, soltó el tema, y la conversación derivó hacia temas más cotidianos, mientras comenzaban a ponerse al día.

  Cuando la cena estuvo lista, todos se trasladaron al comedor, donde la mesa aparecía cuidadosamente dispuesta con cuatro manteles individuales, platos y vasos, como si hubieran estado esperando justo esa noche la llegada de Al para completar el grupo.

  Rosa y Leo transportaron desde la cocina los platillos recién preparados: un aromático arroz amarillo con azafrán, filetes de pescado empanizado dorado y crujiente, acompa?ados de una salsa cremosa de eneldo y limón, y un bowl de lechugas frescas, lavadas y escurridas, listas para acompa?ar la comida.

  Tras servir las porciones en cada plato, la familia tomó asiento. Don To?o y do?a Rosa se acomodaron juntos en un lado de la mesa, frente a los jóvenes. Al y Leo ocuparon el lado opuesto, creando así un íntimo y equilibrado momento familiar alrededor de la mesa.

  Si fueran una familia más practicante de la religión católica, probablemente habrían dedicado unos momentos a dar gracias por los alimentos, pero aunque se consideraban creyentes, no seguían formalmente los rituales religiosos.

  Inmediatamente después, comenzaron a servirse y a comer en silencio mientras observaban una película que reproducían en la televisión, una costumbre que tenían para distraerse durante la cena. No acostumbraban a conversar mientras comían, pero en esta ocasión Al decidió romper el protocolo con algunas palabras.

  ?Tía, la comida está espectacular, realmente deliciosa?, comentó Al mientras saboreaba el pescado. Al morder el empanizado, experimentó una textura crujiente que dio paso a una explosión de sabores intensos y bien equilibrados. Al descender hacia su estómago, notó cómo el alimento resultaba excepcionalmente satisfactorio y energizante con un extra?a calidez en lado opuesto de su corazón. Como si confirmara su elogio, Ash emitió un maullido aprobatorio mientras devoraba con entusiasmo el pescado que le habían servido, llegando incluso a lamer minuciosamente el plato.

  ?Oh, muchas gracias, Al?, respondió su tía con una sonrisa de genuina satisfacción.

  ?Al tiene razón, cari?o. Desde hace unos meses has mejorado notablemente en la cocina?, agregó Don To?o, sumándose al elogio con evidente orgullo en su voz.

  Mientras tanto, Leo asintió con una amplia sonrisa mientras seguía comiendo con notable apetito, demostrando con sus gestos lo mucho que estaba disfrutando la comida.

  ?Muchas gracias, chicos, aunque la verdad no creo haber mejorado tanto. Simplemente estoy usando ingredientes de mejor calidad?, respondió modestamente la tía Rosa.

  ??Patra?as! Eres la mejor cocinera, mi cielo?, exclamó Don To?o, proclamando con orgullo las habilidades culinarias de su esposa.

  Tras una cena familiar animada, cuyos ecos de conversación y el aroma de los platillos aún flotaban en el aire, la charla se trasladó a la sala. Allí, en el confort de la penumbra iluminada por una lámpara tenue, se dedicaron a ponerse al día. Compartieron noticias sobre la marcha del negocio familiar, intercambiaron impresiones sobre el rendimiento de Leonardo en la escuela y celebraron sus recientes triunfos en los partidos de fútbol.

  Fue entonces cuando Rosa, con una sonrisa de genuina satisfacción, dirigió una felicitación a su esposo y a su sobrino. Los elogió por la notable racha de ventas que mantenían en la ferretería. Su reconocimiento no era solo un cumplido superficial; como administradora de las cuentas del negocio, la persona a cargo del inventario y la responsable de negociar con los proveedores, Rosa conocía al detalle el esfuerzo que esas cifras representaban.

  Cuando el crepúsculo cedió por completo su lugar a una noche cerrada, Al comenzó a insistir en que debía regresar a su propia casa. Rosa intentó convencerlo de que se quedara, argumentando que su antiguo cuarto seguía allí, listo para acogerlo como cuando todavía vivía allí. Sin embargo, él se mantuvo firme en su decisión. Como excusa final, y con un tono práctico e irrebatible, alegó que no tenía ropa interior ni muda de vestir que le quedara bien en la casa. Ante un argumento tan concreto, Rosa no tuvo más remedio que ceder, despidiéndose con un resignado abrazo.

  Don To?o, tomando las llaves del automóvil, se ofreció a llevarlo. El vehículo arrancó con un ronroneo sordo, alejándose de la casa y adentrándose en la oscuridad de la calle, rumbo al hogar de Al.

  Cuando llegaron su tío le dedicó unas cuantas palabras ?Buenas noches Al, ma?ana es lunes así qué descansamos y cerraremos la ferretería así que descansa como lo haré yo?se despidió de su sobrino con un abrazo y se volvió a subir al auto alejándose poco a poco dejando a Al en la entrada de su casa a lado de su compa?ero gatuno Ash

  Al aproximarse a la entrada de su domicilio, Ash detuvo su marcha de forma abrupta. Sus orejas se agitaron con un movimiento rápido y preciso, orientándose hacia un sonido leve que logró captar en la penumbra. Inmediatamente, se lanzó con agilidad hacia la fuente de aquel ruido que había despertado su curiosidad. Mientras tanto, Al, sin prestar mayor atención al comportamiento de su compa?ero, continuó su camino y cruzó el umbral de la casa.

  Una vez en el interior, su primera acción fue liberarse de las prendas más restrictivas. Se despojó del pantalón, las botas y las calcetas en una secuencia de movimientos practicados, para luego enfundarse en ropa más holgada y cómoda, completando el cambio con un par de chanclas que cedieron con familiaridad bajo sus pies.

  Su vivienda era de construcción sencilla y constaba de un solo piso. La distribución comprendía un cuarto principal, una cocina integrada al comedor y una peque?a sala de estar. Su dormitorio, de dimensiones generosas, constituía el espacio más amplio de la casa. Aunque las dimensiones totales eran modestas, cada rincón había sido organizado para convertirse en su refugio personal, un lugar que respondía a sus necesidades y comodidades.

  Al ingresar a su habitación, la estancia revelaba sus posesiones más valuedas. Contra una pared descansaba su escritorio principal, coronado por su mayor orgullo: una computadora de alto rendimiento para videojuegos. Un armario ocupaba otro sector, mientras que un segundo escritorio, dedicado a sus actividades académicas, albergaba sus materiales de estudio y un conjunto de herramientas básicas de mecatrónica, todas dispuestas con orden y listas para ser utilizadas en sus proyectos.

  Procedió a sentarse en su silla gamer, listo para jugar videojuegos en su PC. Al encender el equipo, se escuchó el zumbido grave de los ventiladores y el runruneo electrónico de los componentes. Cuando por fin la pantalla se iluminó con un resplandor azulado, Ash irrumpió en ese momento de calma saltando sobre el escritorio. Su tama?o, que ya no era el de un gato común, y lo repentino del salto, lo tomaron por sorpresa.

  ??Ash! ?Qué carajos...??, comenzó a decir, conteniendo una maldición a medio formar al fijarse en lo que el felino llevaba en la boca. Ash lo soltó sobre la superficie del escritorio y, acto seguido, bajó de un salto suave para sentarse al lado de su humano, mirándolo fijamente con esos ojos que parecían entenderlo todo.

  Mientras, Al observaba aquello. Sabía perfectamente lo que era, pero le resultaba imposible aceptar su tama?o. La única explicación razonable era que se tratara de un accesorio de utilería salido de una película de Jurassic World, o quizá una creación hecha por alguien. Podía ser un juguete, pero lo que realmente lo dejaba perplejo era el ligero movimiento de las antenas y ese líquido viscoso que manaba del lugar por donde Ash lo había mordido.

  Era un saltamontes, pero de un tama?o tan descomunal que apenas cabía en la palma de una mano.

  Jamás en su vida había visto un insecto de tal tama?o. Solo en documentales sobre la fauna de áfrica, la Amazonía o Australia recordaba haber observado especies de dimensiones considerables, pero el ejemplar que tenía frente a sí, moribundo y con movimientos espasmódicos, se encontraba en México, en plena zona residencial, a las afueras de la ciudad. Era absolutamente improbable que una criatura así existiera en la región.

  Su cuerpo era largo y robusto, con un exoesqueleto de tonos verdosos y marrones que reflejaba tenuemente la luz de la habitación. Las patas traseras, notablemente musculosas y con fuertes articulaciones, se contraían de vez en cuando. Tomó su cinta métrica y procedió a medirlo con movimientos cuidadosos: el insecto alcanzaba unos 5 centímetros de altura y aproximadamente 10 de longitud, una medida que podía incrementarse con las patas completamente extendidas. A pesar de su curiosidad, sentía una clara reticencia a tocarlo.

  Le tomó una fotografía nítida al insecto y utilizó su teléfono para realizar una búsqueda inversa en internet, con la esperanza de identificar la especie. Los resultados aparecieron en menos de media hora, pero ninguno de los saltamontes registrados coincidía exactamente con la forma y estructura del ejemplar que tenía frente a sí. Revisó múltiples sitios web y comparó minuciosamente su imagen con fotografías de diversas especies, sin encontrar similitudes convincentes.

  Sin embargo, tras profundizar en su investigación, dio con un hallazgo revelador: una publicación reciente de un usuario en otro estado de la República Mexicana. El individuo, aficionado a mantener hormigueros en cautiverio, relataba cómo durante una de sus salidas para capturar alimento vivo se topó con varios ejemplares inusuales. En su testimonio, expresaba su incredulidad ante el tama?o de los insectos que había encontrado.

  Al comparar el saltamontes que tenía frente a sí con las imágenes de referencia que mostraban ejemplares comunes, confirmó la notable diferencia: mientras un saltamontes típico medía alrededor de 3 centímetros, el que había capturado este usuario y que coincidía con el suyo alcanzaba fácilmente el triple de tama?o, con una complexión robusta y unas proporciones que desafiaban cualquier registro convencional.

  La situación comenzaba a resultarle demasiado extra?a. Observó el crecimiento anómalo de Ash, luego dirigió la mirada hacia su compa?ero felino, quien, en contraste con su propia actitud seria, se lamía una pata con total tranquilidad. Un suspiro de resignación escapó de sus labios, pero decidió seguir el hilo de sus pensamientos. Recordó también el comportamiento inusual de las palomas en aquella tarde, el tama?o desproporcionado de aquellas aves y del gavilán, el crecimiento acelerado de la flora y su inexplicable resistencia.

  Su primer instinto fue pensar en "evolución", pero inmediatamente recordó que se trataba de un proceso que requiere cientos de a?os y docenas de generaciones. Sin embargo, todos estos cambios estaban ocurriendo en un lapso aproximado de dos meses, considerando el crecimiento de las plantas y el desarrollo de Ash. Sentía que las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar lentamente, aunque aún faltaba una pieza fundamental...

  Pero una era segura para el y se mantenía firme en su mente, algo estaba cambiando a su alrededor, y nada indicaba que esos cambios fueran a detenerse.

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