El príncipe valtoriano, en el culmen de su ira, había ordenado la matanza de todos en el palacio. La masacre dejó los grandes salones en un silencio inquietante y a todo el reino sacudido. Con el personal diezmado, el palacio estaba desesperado por nuevos trabajadores. Jana vio su oportunidad.
Los documentos de identidad de la época eran simples, fáciles de falsificar. Jana creó una nueva identidad para sí misma: Agnes, una huérfana sin lazos familiares. Dada la necesidad desesperada de personal, el palacio aceptaba a casi cualquiera que pudiera trabajar. Mientras no tuviera discapacidades evidentes, el puesto estaba casi garantizado.
Jana, ahora Agnes, era hábil en muchas cosas, pero las tareas mundanas como limpiar, cocinar y servir no estaban entre ellas. Su falta de experiencia pronto atrajo atención no deseada. Los otros sirvientes notaban sus errores, la torpeza con la que manejaba tareas simples y la frecuencia con la que rompía cosas.
De algún modo, entre sus torpes intentos en las labores domésticas, consiguió asegurarse un dormitorio para ella sola. Tal vez fue suerte o el mero desorden dentro del palacio, pero agradeció la privacidad. Le daba un espacio para pensar y planear, lejos de miradas indiscretas.
En su soledad, Jana reflexionaba sobre su situación. Había escapado de un peligro solo para sumergirse en otro. El palacio era un lugar traicionero, lleno de personas que podían exponerla en cualquier momento. Tenía que ser cuidadosa, aprender rápido y adaptarse a su nuevo papel.
Cada día era un nuevo desafío para Jana. Luchaba con tareas que parecían instintivas para otros. Fregar suelos, pulir plata y servir comidas estaban plagados de percances. Las otras doncellas, en especial Lady Evelyn, lo notaban. Evelyn, que se enorgullecía de su servicio impecable, no tardaba en criticar y menospreciar los esfuerzos de Jana.
—Agnes, ?es que no puedes hacer nada bien? —se burló Evelyn, con los ojos fríos y llenos de juicio—. Si sigues así, pronto volverás a la calle.
Jana se mordió la lengua, tragándose la réplica que le subía a los labios. No podía permitirse atraer más atención. En su lugar, asintió dócilmente y se esforzó más, con las manos temblorosas por la tensión de intentar que todo saliera perfecto.
Para Jana, dormir era un lujo. De día era doncella; de noche, perseguía cualquier pista que pudiera acercarla a los guardianes del tiempo o al orbe. Pronto se dio cuenta de que no podía seguir todas las pistas ni cubrir una fracción del vasto reino por sí sola. Necesitaba más gente. Recordó con nostalgia sus días de liderazgo en la Oficina del Tiempo, donde nada fallaba y los problemas se resolvían con precisión y armonía, gracias al abundante número de oficiales. Había sido un deleite trabajar en la organización. Pero ahora no tenía nada: ni personal, ni dinero, ni sus artilugios futuristas.
Jana comprendía que necesitaba dinero: el fundamento de cualquier sociedad, sin importar tiempo o lugar. Cada civilización bien establecida se sostenía por un único objeto universal: el dinero.
Utilizó su conocimiento del futuro sobre el pasado—sobre asesinatos, robos, crímenes—sabiendo muy bien las consecuencias de no recuperar el orbe y restaurar todo lo que estaba siendo alterado por su mera presencia en esta era. Tanto ella como los demás guardianes del tiempo eran como virus en la línea temporal, causando que el futuro cambiara de manera impredecible.
Su nombre comenzó a sonar con frecuencia en los mercados negros. La llamaban “La Visionaria”. Sus habilidades eran tan excepcionales que algunos las atribuían a poderes místicos dados por el diablo, mientras que otros estaban convencidos de que tenía informantes en los círculos más altos de la sociedad.
Una noche, durante una de sus salidas secretas, Jana se encontraba en una sala oculta que solía usar para atrapar breves momentos de sue?o. La sala estaba débilmente iluminada, el aire impregnado del olor de la madera vieja y el pergamino. Escuchó la puerta chirriar, se?al de la llegada de un cliente. Rápidamente, se colocó el velo sobre el rostro y dio un paso al frente para recibir al invitado.
El hombre que entró intentaba con esfuerzo ocultar su estatus noble, pero sus facciones perfectas, el cabello oscuro y el fino manto que llevaba lo delataban. Cada movimiento suyo era elegante y deliberado.
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—Buenas noches —lo saludó Jana, con voz tranquila y serena.
—Buenas noches —respondió el hombre, en un tono igualmente medido—. He oído que poseéis… información única.
Jana asintió, manteniendo la compostura. —En efecto. ?Qué buscáis?
El hombre vaciló un momento antes de hablar. —Necesito información sobre la princesa Moriana.
Los ojos de Jana, ocultos tras el velo, se estrecharon ligeramente. Había anticipado esa petición tarde o temprano. —Puedo hallar lo que buscáis y enviarlo a vuestro palacio.
Los ojos del hombre se abrieron con sorpresa. —?Cómo sabéis que vivo en un palacio?
Jana guardó silencio un instante, su mirada inmutable. —Buenas noches, se?or —dijo, intentando cortar la conversación de golpe.
El hombre, sin dejarse disuadir, insistió: —No. Vendré a recoger la información en una semana. En este mismo lugar, supongo —dijo, entregándole parte del pago acordado.
Jana lo meditó un momento y luego asintió aceptando la bolsa de monedas. —Dentro de una semana, entonces.
Cuando el noble se marchó, la mente de Jana se agitaba. Mencionar el palacio había sido una simple deducción, un truco que solía emplear con los clientes para dar a sus palabras un aire casi mítico y enigmático, aunque en realidad no tenía la menor idea de quién era aquel hombre. Estaba preparada para que alguien viniera a buscar información sobre la princesa Moriana, pero ahora necesitaba saber quién era aquel misterioso cliente.
Su negocio se expandió, alcanzando a la alta nobleza e incluso a dignatarios extranjeros que, además de asuntos mundanos como invertir en un barco u otro porque uno acabaría hundiéndose, o saber qué vestido marcaría la nueva moda y si llovería ma?ana, ansiaban conocer las fechas de muerte de los monarcas y sus propias posibilidades de ascender al trono.
Su red se volvió tan exitosa que estableció varios negocios de fachada a lo largo del reino, desde lavanderías y librerías hasta establecimientos de lujo como casas de moda y joyerías, cada uno con una contrase?a secreta para acceder al verdadero negocio. El dinero dejó de ser un problema para Jana. Las búsquedas de viajeros del tiempo se hicieron más frecuentes y eficaces, y con su rápido éxito, su nombre empezó a ser mencionado incluso dentro de los muros del palacio.
En la cámara de lores, el príncipe heredero se sentaba junto a varios nobles, consejeros y generales. Discutían cómo sofocar el descontento del pueblo y la urgencia de encontrar a la princesa Moriana. De pronto, un capitán de la guardia interrumpió con un asunto apremiante.
—Alteza, hay un nuevo asunto que reclama con urgencia vuestra atención —dijo el capitán, con voz grave.
El príncipe frunció el ce?o. —?Qué infortunio nos aqueja ahora?
—Circula en los mercados negros una figura a la que llaman la Visionaria. Sus augurios son de una exactitud pasmosa y su influjo crece de día en día. Tememos que pudiera tornarse en grave amenaza.
Uno de los nobles bufó con desdén. —?Y hemos de turbar nuestro consejo por un vil rufián? Patra?as.
—No se trata de un malhechor cualquiera —replicó el capitán con firmeza—. Está tras robos de gran renombre, ha burlado intentos de asesinato e incluso ofrecido consejo a dignatarios extranjeros. Su red es vasta y se oculta con maestría en los rincones del reino.
El príncipe se inclinó hacia adelante, su interés encendido. —?Y qué certezas tenemos de esta Visionaria?
—Bien pocas, alteza. Opera mediante una red, y cada ramificación cuenta con su propia “Visionaria”, lo cual hace arduo descubrir al verdadero artífice tras todos ellos. Mas una cosa es cierta: posee muchos seguidores y abundantes recursos.
El príncipe cruzó miradas con sus consejeros. —Hallad a esa Visionaria. Reforzad las patrullas y traedme nuevas tan pronto como las tengáis.
El capitán inclinó la cabeza. —Así será, alteza.
La corte bullía con especulaciones sobre la misteriosa Visionaria, asumiendo que se trataba de un hombre debido a la audacia de sus acciones. En sus aposentos, el príncipe heredero conversaba con su caballero de confianza, sir Ealdred.
—Ealdred —comenzó el príncipe—, ?qué opináis de esta Visionaria?
—Una presencia de temer, alteza. Su conocimiento y alcance no tienen parangón. Mas extra?o me resulta que en la corte den por hecho que se trata de un varón a pesar de que su apodo claramente indique lo contrario—respondió Ealdred.
El príncipe asintió. —Cierto es. Si pudiéramos poner los servicios de la Visionaria a nuestro favor, quizá encontremos a la princesa Moriana.
—?Deseáis serviros de sus dones, alteza? —preguntó Ealdred, arqueando una ceja. —. No hace mucho que vos mismo habéis mandado pregonar ante los lores su captura.
El príncipe suspiró, frotándose las sienes. —Preparaos para la próxima noche. Partiremos en secreto a buscar a esa persona. Bien sé que indagar sobre la princesa por tales medios no es lo más honroso, mas me hallo entre la espada y la pared. Aseguraos de que nadie sospeche de nuestra salida.
Sir Ealdred inclinó ligeramente la cabeza. —Entendido, alteza. Haré todos los preparativos necesarios y velaré porque nuestra partida permanezca discreta.
Jana, ajena al creciente interés del príncipe, continuaba con sus actividades nocturnas. Mientras tanto, se emitían órdenes para capturarla bajo el nombre de “La Visionaria”. La desventaja de su éxito era que todas sus múltiples identidades comenzaban a converger, convirtiéndola en un blanco para todos, con distintas facciones cazándola por diversas razones. Su única identidad segura era Agnes, al menos por ahora.

