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CAPÍTULO 15 : MURMULLO DE RUMORES

  —?Qué es lo que deseáis, duque Edmund? —preguntó Jana—. ?Acaso no quedasteis satisfecho con mi colega?

  El duque, con una sonrisa de quien todo lo sabe, replicó:

  —Así que ya conocéis mi identidad. No esperaba menos de vos. En cuanto a vuestro colega, tengo la ligera sospecha de que vos estáis mejor posicionada en este negocio que él. Y yo sólo hablo con quienes mandan. Decidme, ?sois vos la due?a?

  Jana inclinó levemente la cabeza.

  —Mis disculpas, duque, pero no puedo saciar vuestra curiosidad, ni por todo el oro del mundo. Nos esforzamos en dar el mejor servicio a nuestros clientes. Por eso, cuando pedisteis por mí, fui convocada. No le deis más vueltas. Supongo que habéis venido por la información solicitada.

  El duque asintió.

  —La información está lista —continuó Jana—. Mas hay ciertos detalles que hemos de discutir.

  Edmund arqueó una ceja, intrigado.

  —Muy bien. Hablad.

  Jana le tendió un sobre lacrado.

  —Aquí tenéis las localizaciones y posibles escondites de la princesa Moriana. Sin embargo, debéis saber que la princesa está bien protegida y se mueve con frecuencia.

  Todo era un ardid. Jana había preparado a una mujer para que desempe?ara el papel de la princesa en el mundo real. Controlaba cada uno de sus pasos, planificados de antemano. De esa forma, aunque el duque buscara información en otra fuente, no hallaría contradicciones.

  Los ojos de Edmund se entornaron al romper el sello y leer.

  —?Y qué fiabilidad tienen estas noticias?

  —Altísima —respondió Jana—. Pero requieren discreción. Si percibe amenaza alguna, desaparecerá de nuevo. Y la próxima vez que vengáis, os será aún más difícil hallarla.

  El duque sonrió con suficiencia.

  —Estáis muy segura de que regresaré.

  Jana esbozó una leve sonrisa.

  —Me llaman La Visionaria por una razón.

  —Ha sido un placer —dijo el duque, tomando su mano y besándola. Ella guardó silencio mientras él le entregaba el resto del pago. Jana se levantó, ofreciéndose a acompa?arlo hasta la puerta.

  Pero antes de que pudiera abrirla, esta se abrió de golpe ante su rostro. Entraron dos hombres. Uno, con el rostro descubierto, era sir Gareth. El otro permanecía oculto bajo sus vestiduras, pero no era difícil adivinar quién era: el propio príncipe.

  La ausencia de escoltas y la forma en que intentaba pasar desapercibido revelaban que no había venido a arrestarla, sino a requerir de sus servicios. Jana permaneció junto a la puerta, dándoles la bienvenida. El recepcionista, sin perder la compostura, los condujo a la joyería con una sonrisa ensayada.

  —?Qué trae a vuesa merced por aquí, mi se?or? ?Acaso buscáis un presente para vuestra dama? Tenemos joyas exquisitas recién llegadas de tierras prohibidas. ?Qué deseáis ver?

  Sir Gareth, con gesto severo, interrumpió:

  —?Qué joyería trabaja a estas horas de la noche?

  El recepcionista sostuvo su sonrisa inquebrantable.

  —Estamos siempre a disposición de la nobleza. Nunca se sabe cuándo puede surgir una urgencia matrimonial. Por eso servimos a cualquier hora.

  El príncipe, impaciente y deseoso de volver al palacio sin demora, cortó la charla.

  —?No tenéis diamantes rosados? —dijo, pronunciando las palabras clave.

  El recepcionista extendió la mano hacia la escalera.

  —Por supuesto, mi se?or. Ojalá halléis lo que buscáis.

  Jana despidió al duque y corrió a los escalones, indicando al visionario que había retomado su puesto que cambiara con ella. Necesitaba saber de primera mano lo que el príncipe buscaba.

  Al entrar en la estancia, el príncipe ya estaba sentado, con su caballero a su lado, intentando pasar inadvertidos. Jana sintió un leve desasosiego: sospechaba que el caballero podía reconocer su voz. Con sutileza, la profundizó al hablar.

  —?Cómo puedo serviros esta noche, se?or? —preguntó con calma.

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  El príncipe se inclinó ligeramente hacia adelante.

  —Necesito información sobre la princesa Moriana. Sus movimientos, sus paraderos. Cualquier cosa que tengáis.

  Jana asintió.

  —Dispongo de ciertos datos que podrían serviros. Pero debéis entender lo delicado de esta demanda.

  —Lo sabemos. Por eso no venimos con las manos vacías —repuso el príncipe. Hizo una se?a a su caballero, que dejó caer sobre la mesa una pesada bolsa de monedas.

  Jana le tendió otro sobre lacrado.

  —Aquí tenéis lo último que poseemos —dijo, entregándole exactamente la misma información que había dado al duque. Si iban a disputar por ella, al menos que lo hicieran en igualdad de condiciones, pensó.

  El príncipe tomó el sobre, sin abrirlo aún, y se levantó. Pero algo lo detuvo. Volvió la vista hacia Jana.

  Ella, que también se alzaba para retirarse, preguntó con calma:

  —?Requerís algo más de mí?

  El príncipe dudó un instante antes de soltar la pregunta:

  —?El hombre que me precedió buscaba lo mismo?

  Jana, manteniendo su compostura, respondió suavemente:

  —Lo lamento, mas no puedo revelar nada de mis clientes.

  El caballero la observaba con ojos llenos de sospecha, pero no dijo palabra. El príncipe asintió con un leve gesto.

  —Muy bien. Os agradezco la información.

  —Gracias por serviros de nuestros oficios. Que tengáis buena noche —replicó Jana.

  Cuando se marcharon, Jana dejó escapar un suspiro de alivio. Pero no duró mucho. Debía correr a la taberna, cambiarse y llegar al palacio para fingir que dormía antes de que las campanas anunciaran un nuevo día en su uniforme de doncella.

  Sorprendentemente, la reprimenda que esperaba de la doncella mayor por el incidente del día anterior nunca llegó—seguramente por órdenes del príncipe.

  Mientras cumplía sus recados, se topó con otra candidata a esposa que parecía perdida.

  —Disculpad, ?podríais ayudarme? Busco la biblioteca —dijo la mujer, con voz firme y elegante.

  —Por supuesto, mi se?ora. Seguidme —repuso Jana, inclinándose con cortesía.

  En el trayecto, la mujer se presentó como la princesa Danui, de las tierras áridas de Gradia.

  —?Podríais asistirme mientras recorro la biblioteca? —preguntó Danui—. Necesitaré ayuda con mis libros y quizá refrescos.

  —A vuestro servicio, princesa Danui. Me llamo Agnes —contestó Jana, con ligera reverencia.

  La biblioteca era vasta, con altos estantes, ventanales y rincones de lectura. La princesa acumulaba libros sin descanso, mientras Jana aguardaba paciente, consciente de que al final apenas leería uno o dos.

  Un hombre que pasaba por allí quedó sorprendido por la delgada doncella cargando tantos volúmenes. Más tarde, cuando Danui se asentó a leer, Jana se mantuvo tras ella en silencio. Esa obediencia absoluta era algo que dominaba desde joven, aun cuando en la Oficina del Tiempo había estado acostumbrada a mandar.

  Al cabo de un rato, la princesa la llamó:

  —Agnes, id por el bibliotecario. Tengo una duda sobre una palabra.

  —Tal vez pueda ayudaros yo, alteza. ?Qué palabra es?

  Danui arqueó una ceja.

  —?Sabéis leer? Bien, decidme qué significa “artless”.

  —Significa falto de enga?o o malicia; inocente y sencillo —explicó Jana.

  El hombre de antes, sentado cerca, escuchaba intrigado. No era común que una doncella supiera leer, y menos aún en palacio.

  La tarde se desvaneció entre preguntas y respuestas, hasta que Danui pidió refrescos. Jana se retiró a buscarlos.

  Aquel hombre, con túnica larga y carpeta de cuero, se encaminaba entonces hacia los aposentos del príncipe. Era sir Kahil, su consejero más fiel. Al entrar, se acomodó frente al escritorio.

  —Parecéis de buen humor, Kahil. ?Traéis noticias que lo justifiquen? —preguntó el príncipe, distraído entre papeles.

  Kahil sonrió levemente.

  —No lo sé, alteza. Sólo me sorprendió hallar a una doncella excepcional en el palacio. Incluso sabe leer.

  El príncipe no se inmutó.

  —Será alguna hija de nobles enviada aquí para asegurarse un lugar en el nuevo reinado.

  —Lo dudo. Se la nombraba tan solo como Agnes.

  Al oír ese nombre, el príncipe dejó los lentes y miró a su caballero. Ambos intercambiaron una mirada cargada de significado.

  —?Recordáis cuando os hablé de Lady Rose, que intentó hechizarme con un brebaje, y fue una doncella quien lo impidió?

  —Sí, pero ?qué tiene eso que ver? —preguntó Kahil.

  —Era esa doncella.

  El caballero negó con la cabeza.

  —Probablemente otra.

  Kahil, amante de las intrigas, replicó:

  —Agnes no es un nombre común. Quizá convenga observar a esa doncella.

  El príncipe lo meditó, pero pronto lo desechó.

  —Tengo demasiados asuntos como para ocuparme también de una sirvienta —dijo, volviendo a su escritorio.

  Mientras tanto, Jana preparaba la trampa definitiva para atraer a los guardianes del tiempo. Elowen y Corin serían la miel que llamaría a las abejas. Rumores, susurros y canciones de taberna pintarían el cuadro de un refugio secreto donde los viajeros podían hallar cobijo. La red estaba tendida.

  Y lejos, en alta mar, un navío imponente se mecía al ancla. Desde sus profundidades, una luz azulada emergía, palpitando como un corazón. Los marineros, sobrecogidos, murmuraban presagios mientras el capitán y un joven de cabellos oscuros contemplaban el prodigio. El resplandor les llamaba, inexorable.

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