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|Capítulo 6| La verdad

  "Atlasium fue el nombre asignado inicialmente por los científicos de aquella época. Un término técnico, preciso, utilizado en informes, comunicados oficiales y documentos de laboratorio. Sin embargo, fuera de esos espacios controlados, entre la población, el nombre comenzó a cambiar. Las similitudes eran demasiado evidentes. La forma en que esa energía interactuaba con los organismos, su presencia constante e invisible, su influencia directa sobre la vida misma, recordaban demasiado al “maná” de los videojuegos. El término empezó a circular primero en conversaciones informales, luego en en conversaciones más formales, después en los pocos medios digitales, hasta que se volvió imposible de ignorar.

  Con el tiempo, incluso los propios científicos y los gobiernos aceptaron el cambio. El nombre maná comenzó a aparecer junto a Atlasium en documentos oficiales, comunicados públicos y estudios académicos, hasta que terminó por reemplazarlo casi por completo. La razón era simple y directa: describía mejor lo que estaba ocurriendo.

  Gracias al maná, el mundo cambió para siempre, de forma irreversible. No fue un proceso inmediato ni explosivo, sino constante, profundo y extendido. Algunos lo catalogaron como el sexto evento de extinción masiva, una clasificación que se repitió en análisis y publicaciones de la nueva era. Sin embargo, esa definición resultaba incompleta. La humanidad seguía aquí. Las demás especies también. El planeta no quedó vacío.

  Pero nada era igual.

  Ni los humanos ni los animales conservaron la forma que tenían antes. Los organismos comenzaron a asimilar el maná, y ese proceso transformó su estructura, su funcionamiento y su naturaleza. No se trató de una desaparición total, sino de un reemplazo silencioso. Las especies anteriores dejaron de existir tal como eran en el momento en que empezaron a integrar el maná en sus cuerpos. Lo que quedó fueron formas nuevas, alteradas, distintas.

  Desde ese punto, podía considerarse que la humanidad misma se había convertido en una especie nueva. Lo mismo ocurrió con el resto de los seres vivos. El pasado quedó atrás, sustituido por organismos adaptados a esta nueva realidad energética.

  Aun así, el efecto final del maná seguía siendo una incógnita. No existía un consenso claro sobre si este cambio había sido beneficioso o perjudicial. Lo único indiscutible era la dependencia absoluta que surgió a partir de entonces. El maná se volvió esencial, más indispensable que la electricidad, incluso más crítico que los propios alimentos. Su ausencia ya no era concebible dentro del funcionamiento del mundo moderno."

  ---Extracto de un libro "Descubriendo el maná" de la nueva era

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  Aunque ya experimentaba una sensación persistente de que algo andaba mal, su lógica y sentido común se empe?aban en convencerlo de que todo estaba bien, de que no ocurría nada fuera de lo normal. Sin embargo, esta nueva inquietud se negaba a desaparecer.

  Podría inventar miles de excusas distintas para explicar lo que sucedía, argumentando que se trataba de eventos aislados y circunstanciales. El comportamiento anómalo de las palomas que había observado en la calle, formando aquel "murmullo" inusual, podía atribuirse al calentamiento global. El tama?o desproporcionado de las aves podría explicarse como una adaptación genética para hacerlas más grandes y... ?quizá criarlas como ganado? El crecimiento acelerado de la vegetación podía deberse a fertilizantes de alta calidad. Y en cuanto al crecimiento de Ash... bueno, quizá simplemente era un lince y no un gato común...

  Volvió la mirada hacia ese insecto, mirándolo fijamente, ya sin vida, le faltaba una cosa más pará llegar a una conclusión pero más que lo intenté más inlogico es, su mente dice una cosa su sentido de supervivencia otra, ambas confrontandose entré sí.

  Mientras navegaba por el celular en redes sociales buscando más pistas, encuentra opiniones similares, que dicen

  “?Alguien más cree que los animales se ven más grandes últimamente?”

  “Mi chihuahua creció muchísimo… ?alguien sabe si es normal?”

  “Acabo de ver una rata del tama?o casi el de una zarigüeya. ?Será algún experimento de laboratorio?”

  Mientras seguía leyendo, avanzando línea tras línea sin detenerse, una noticia volvió a aparecer ante sus ojos. Ya la había leído hacía tiempo, la recordaba vagamente, casi como un eco lejano entre muchas otras publicaciones, pero ahora algo en ella llamó su atención de inmediato. No fue el título en sí, sino la forma en que se repetía, la manera en que volvía a cruzarse en su camino una y otra vez, obligándolo a detenerse.

  La noticia hablaba de aquellas muertes inexplicables que ya había oído mencionar y que había visto pasar por noticieros y portales informativos en ocasiones anteriores. En ese entonces sí había estado preocupado. Había seguido los reportes con atención, temiendo que alguien de su familia enfermara; recordaba especialmente a su tía, alterada, casi histérica, preguntando una y otra vez si habían aparecido nuevos casos. Pero con el paso de los días, al ver que los contagios parecían disminuir a un ritmo acelerado, esa preocupación se había ido diluyendo hasta desaparecer.

  Ahora, la publicación era distinta. No hablaba de posibles casos ni de alertas tempranas. Era un recuento. Un recuento definitivo. Las palabras eran claras, frías, directas. Veinte millones de muertes en total.

  El número quedó allí, inmóvil, ocupando la pantalla como un peso imposible de procesar. No lograba imaginar esa cifra convertida en personas reales. No podía asociarla a cuerpos, a nombres, a familias. Era demasiado grande, demasiado densa. Una cantidad que no se podía visualizar, pero cuya magnitud resultaba abrumadora. No era una cifra abstracta: era una acumulación masiva de ausencias.

  A medida que continuaba bajando, comenzaron a aparecer publicaciones relacionadas. Mensajes de familiares de los fallecidos, uno tras otro, todos escritos con urgencia, con desesperación palpable en cada palabra. Preguntas repetidas, insistentes, reclamando saber por qué habían muerto sus seres queridos. Exigían respuestas. Se negaban a aceptar el silencio. Se negaban a conformarse con un simple “no sabemos”. Cada publicación era similar a la anterior, y aun así ninguna perdía fuerza.

  Sintió un alivio seco, inmediato, al constatar que ningún miembro de su familia había muerto por esas muertes desconocidas.

  Más abajo, la información oficial se repetía con una uniformidad inquietante. Todos los gobiernos y los laboratorios más reconocidos sostenían la misma versión: la investigación seguía en curso. Se referían a ello como una “enfermedad”, pero admitían no saber qué la había originado ni dónde había comenzado. Lo único confirmado era que había surgido en varias partes del mundo al mismo tiempo, con una presencia particularmente fuerte en Norteamérica.

  También afirmaban que había sido cien por ciento mortal para quienes la contrajeron. Que había afectado principalmente a la población con problemas derivados de enfermedades genéticas. Que, de forma inevitable, se había llevado a personas con autismo.

  Más allá de eso, no había nada.

  If you spot this narrative on Amazon, know that it has been stolen. Report the violation.

  Ninguna causa clara.

  Ningún punto de origen definido.

  Nada que cerrara el vacío.

  La falta de respuestas se repetía una y otra vez, dejando tras de sí una sensación de desconcierto extendido, profundo, que parecía reflejarse en cada palabra publicada y en cada mensaje de quienes buscaban entender qué había ocurrido.

  Según los testimonios de los familiares, los síntomas seguían un patrón inquietantemente similar. Al inicio parecían inofensivos, casi triviales. Algunos decían que todo comenzaba como una simple gripe, nada fuera de lo común. Un malestar leve, algo de congestión, quizá un poco de dolor corporal. Pero esa normalidad duraba poco.

  Pronto aparecía la fatiga. No un cansancio corriente, sino uno profundo, aplastante. Las personas comenzaban a sentirse cada vez más débiles, con los músculos pesados, incapaces de sostener esfuerzos mínimos. El sudor frío se volvía constante, empapando la piel incluso en reposo. A esto se sumaba una sensación persistente de calor interno, como si el cuerpo ardiera desde dentro, acompa?ada de migra?as punzantes que no cedían con analgésicos comunes.

  Luego la condición empeoraba de forma abrupta. La fiebre subía a niveles peligrosos y comenzaban las hemorragias visibles: sangre brotando de los ojos, la nariz, la boca e incluso de las orejas. Las imágenes que acompa?aban los relatos parecían sacadas de una película de terror. Rostros manchados, miradas perdidas, cuerpos temblando. Los vómitos se volvían frecuentes y los dolores en el pecho aparecían como una presión constante, opresiva, difícil de ignorar.

  Con el paso de los días, respirar se volvía una tarea complicada. La falta de aire se intensificaba mientras el cuerpo empezaba a fallar desde dentro. Se reportaban hemorragias internas, personas que caían en coma sin previo aviso y, en algunos casos, el desarrollo repentino de tumores. El deterioro era rápido, imparable, y ningún tratamiento parecía surtir efecto.

  Las medicinas no funcionaban. Ninguna. Los médicos probaban protocolos distintos, combinaciones, dosis elevadas, pero nada detenía el avance. La mayoría terminó muriendo por fallos totales en los órganos, convulsiones violentas o colapsos multiorgánicos. Otros fallecieron por procesos descritos como apoptosis, lo que según lo que leía significaba una muerte celular programada, similar a la provocada por una exposición real a radiación. Muchos más murieron por fallas cardíacas causadas por arritmias severas, y otros por hemorragias cerebrales, identificadas como aneurismas inducidos.

  La lista parecía interminable. Podía seguir leyendo caso tras caso, síntoma tras síntoma, pero estaba desviándose de su preocupación inicial. Aun así, casi por inercia, revisó un último detalle: las fechas.

  Buscó la fecha exacta en la que habían comenzado los primeros síntomas en los casos registrados. Sus dedos se movieron con precisión por la pantalla hasta dar con el apartado correspondiente. Leyó una vez. Luego otra. Cuando lo vio con claridad, se quedó completamente inmóvil, con la mirada fija, sin parpadear. La luz del dispositivo iluminaba su rostro mientras la información permanecía allí, inalterable.

  Todo había comenzado entre tres y cuatro meses atrás.

  En ese instante algo hizo click en su cabeza. No fue una idea difusa ni una sospecha lenta; fue una conexión brusca, inmediata, como un engranaje encajando en su lugar. Las neuronas parecieron alinearse de golpe. El foco se encendió.

  Se movió con rapidez. Primero tomó aquel insecto inerte. Lo sujetó con cuidado y lo desplazó, colocándolo junto al área donde tenía sus herramientas. Lo acomodó encima de una peque?a tabla, asegurándose de que quedara bien visible, estable, sin rodar. El cuerpo rígido del insecto quedó allí, expuesto, bajo su atención directa.

  Luego tomó una libreta. La abrió de inmediato y comenzó a escribir, llenando las primeras líneas con fechas y anotaciones. Sus trazos eran firmes, casi urgentes. Empezó a ordenar los eventos de forma cronológica, calculando los tiempos según lo que recordaba y lo que había leído, alineando cada hecho con el siguiente.

  Entre marzo y abril, anotó, había comenzado aquella enfermedad misteriosa que empezó a afectar a la población. No había sido un sector específico; los registros mostraban casos dispersos, apareciendo al mismo tiempo en distintos lugares. En ese mismo periodo, escribió, comenzaron también los primeros avistamientos de aquellos animales alterados, más grandes, más agresivos.

  Pasó la página.

  Entre mayo y junio, continuó, se registraron los primeros ataques de animales. Al mismo tiempo, el crecimiento acelerado de las plantas se volvió evidente, imposible de ignorar. Y, paralelamente, comenzaron a morir quienes habían enfermado. Las líneas se acumulaban, una tras otra, formando una secuencia clara, inquietante, demasiado precisa para ser casual.

  Después de terminar por un instante, ofreció una breve oración, baja, casi mecánica, para que las almas de los fallecidos descansaran en paz.

  El silencio volvió a ocupar el espacio.

  Cuando dio por terminada la peque?a investigación que había estado realizando, se recargó lentamente en la silla. El respaldo crujió apenas bajo su peso. Sus hombros descendieron y la tensión acumulada empezó a soltarse poco a poco, mientras permanecía allí, inmóvil, con la vista perdida en algún punto indefinido del cuarto.

  Pero no tuvo tiempo de quedarse así.

  De repente, un estruendo seco rompió el aire. Luego otro. Y otro más. El sonido era tan fuerte y tan repentino que lo sobreexaltó por completo. El cuerpo le reaccionó antes que la mente: el corazón se le aceleró de golpe, la respiración se le cortó y, sin pensarlo, se lanzó al suelo. Se cubrió la cabeza con ambos brazos, encogiendo el cuerpo contra el piso frío.

  Eran disparos.

  No había duda. El sonido era inconfundible. No se detenían. Uno tras otro, resonaban a la distancia, como si provinieran de varias cuadras más allá, rebotando entre las estructuras y llegando distorsionados, pero lo suficientemente claros como para helar la sangre. Cada detonación vibraba en el ambiente, marcando el paso de los segundos.

  El tiempo se volvió extra?o. Los disparos continuaron durante lo que parecieron eternos minutos. Aproximadamente diez. Diez minutos en los que permaneció en el suelo, sin moverse, escuchando, contando inconscientemente cada estallido, cada eco que se alejaba y volvía.

  Entonces, tan de golpe como había comenzado, todo se detuvo.

  El silencio regresó.

  Con cautela, se incorporó. Primero levantó la cabeza, luego el torso, hasta ponerse de pie. Caminó despacio hacia la ventana y se asomó apenas, lo justo para mirar sin exponerse. Sus ojos recorrieron el exterior, atentos, buscando cualquier se?al de movimiento. No vio nada. Ninguna silueta. Ninguna luz. Nada fuera de lugar.

  Se retiró de inmediato, volviendo a meter la cabeza y alejándose de la ventana.

  El cansancio cayó sobre él de golpe. La espalda le dolía. Sin darse cuenta, había pasado más de una hora sentado leyendo, y además había estado de pie prácticamente todo el día. El cuerpo se lo reclamaba. Caminó hasta la cama, la tocó con la mano y el simple contacto le resultó tentador. No lo pensó más. Se acostó, dejando que el colchón lo recibiera y absorbiera el peso de su cuerpo.

  Ya recostado, levantó el celular frente a su rostro y abrió el grupo de la colonia, el mismo donde estaban los vecinos de la zona. Los mensajes se acumulaban rápidamente. La mayoría eran madres de familia escribiendo con urgencia: pidiendo que llamaran a la policía, advirtiendo que no salieran de sus casas, repitiendo recomendaciones y preguntas sin respuesta. Había mensajes uno tras otro, todos similares, todos cargados de preocupación.

  Leyó durante unos momentos más, pero poco a poco el interés comenzó a desvanecerse. Las palabras se repetían. Los mensajes se mezclaban. La tensión inicial se diluía mientras la pantalla seguía iluminando su rostro, inmóvil sobre la cama.

  Las balaceras, lamentablemente, eran algo habitual en su país. El sonido lejano de los disparos formaba parte del fondo cotidiano, una presencia constante en un lugar gobernado por un narco-estado donde, como persona común, no había mucho que pudiera hacer para cambiar las cosas. Aquella normalidad forzada hacía que incluso el miedo aprendiera a quedarse quieto, agazapado, esperando el siguiente sobresalto.

  Volvió la atención a su teléfono. La pantalla iluminó tenuemente el cuarto cuando revisó la hora: 1:00 a. m. Un peque?o bostezo se le escapó, lento, involuntario. Se dio cuenta de que se había emocionado demasiado investigando, de que había pasado horas leyendo sin descanso. Aun así, su mente seguía activa, insistente, forjando una tras otra esas teorías conspiranoicas que se le agolpaban sin pedir permiso.

  Continuó revisando los chats en el teléfono, deslizando el dedo con movimientos automáticos. Entonces, sin previo aviso, el dispositivo comenzó a vibrar con fuerza. Al mismo tiempo, un sonido de alerta rompió el silencio de la habitación.

  El sobresalto fue inmediato. Por reflejo, el celular se le escapó de las manos y cayó directo sobre su rostro, golpeándolo en la nariz. El dolor fue intenso, punzante, y le arrancó una peque?a lágrima que se formó en la comisura del ojo. Aspiró aire con fuerza, apretando los dientes mientras llevaba una mano al rostro.

  Normalmente no se asustaba con facilidad, pero aquel sonido en particular le encendió una alarma vieja. Le recordó de golpe a esas ventanas falsas, a las alertas enga?osas que aparecían en ciertas páginas +18 que prefería no mencionar. Recordó también aquella vez, durante su pubertad, cuando entró a una de esas páginas y terminó con un virus que lanzó un sonido estridente, invasivo, imposible de ignorar.

  El eco de ese recuerdo se mezcló con el latido acelerado de su corazón. Miró el teléfono, ahora sobre la almohada, vibrando todavía. En su mente empezó a rezarle a todos los santos que conocía para que no se hubiera colado otro virus. Al mismo tiempo, casi de forma automática, intentaba convencerse de que no visitaba páginas sospechosas, de que solo entraba en sitios que le parecían confiables.

  El pulso le retumbaba en los oídos. Con la respiración agitada, extendió la mano y tomó el celular. Lo sostuvo con cuidado, como si pudiera reaccionar de nuevo en cualquier momento. Lentamente, con una mezcla de sospecha y cautela, lo volteó para ver la pantalla.

  En el display apareció un texto en rojo, con letras grandes, ocupándolo todo.

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  AVISO PRESIDENCIAL

  Aviso importante para la población.

  La ONU y la OMS, en conjunto con otros gobiernos, han detectado la presencia de una radiación proveniente del espacio originada tras la fragmentación del cometa ATLAS. Durante su división, uno de sus fragmentos ingresó a la Tierra y atravesó la atmósfera, liberando esta radiación en el proceso.

  Tras meses de análisis, los científicos han determinado que dicha radiación fue la causa directa de la llamada epidemia silenciosa, la misma que azotó al mundo tiempo atrás, antes de que se comprendiera su verdadero origen. Las investigaciones confirmaron que toda la población ha convivido con esta radiación desde entonces. Sin embargo, en los individuos que fallecieron, sus cuerpos rechazaron esta radiación, desencadenando así la epidemia que provocó millones de muertes a nivel global.

  A la población restante se le pide mantener la calma. Hasta el momento, no se han detectado efectos da?inos de esta radiación en quienes sobrevivieron. De acuerdo con los estudios actuales, los científicos creen que las personas que continúan con vida poseen una mayor capacidad de compatibilidad a esta radiación.

  Asimismo, se ha comprobado que esta radiación está implicada en un crecimiento anormal de plantas y animales. Los análisis también confirman efectos significativos en la fauna, provocando un aumento de tama?o en algunas especies, así como cambios en su comportamiento, volviéndolas más territoriales y físicamente más fuertes.

  Reiteramos a la población que guarde la calma. La situación se encuentra bajo control. Las autoridades trabajan en coordinación constante con la ONU, la OMS y los gobiernos de todos los países para gestionar y contener esta situación.

  La ONU ha catalogado oficialmente esta radiación bajo el nombre de Atlasium.

  La población puede continuar con su vida de forma normal.

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