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|Capítulo 7|Un mes

  "Los primeros cambios tras el evento conocido como el “desastre del maná” se manifestaron de forma inmediata y visible en las calles, en las carreteras y en los puntos estratégicos de cada país. La actividad militar aumentó de manera inusual. Vehículos desplazándose sin descanso, convoyes avanzando en formación cerrada, uniformes ocupando espacios que antes eran civiles. Todos los gobiernos del mundo movilizaron a sus fuerzas armadas, cada uno con objetivos distintos y claros. Algunos lo hicieron con la intención declarada de proteger a la población; otros concentraron su presencia alrededor de fábricas, complejos industriales y centros de producción. En ciertos lugares, los despliegues se dirigieron abiertamente a resguardar a los ricos, a las élites y a las estructuras del poder político. En otros, los militares se convirtieron en una herramienta para sostener regímenes y gobiernos, marcando territorio y controlando movimientos. Y hubo quienes actuaron siguiendo intereses menos visibles, pero igual de firmes.

  Las botas sobre el pavimento, el ruido constante de motores, las órdenes cortas y secas rompieron la rutina diaria. La presencia armada se volvió parte del paisaje. Sin embargo, pese a toda esa movilización, pese a la aparente preparación, todos subestimaron el desastre que se aproximaba.

  El siguiente cambio no se percibió en las capitales ni en los centros urbanos, sino lejos de ahí. Fueron los peque?os pueblos los primeros en notarlo. También los biólogos, los veterinarios y los agricultores, personas acostumbradas a observar con atención el entorno. Desde su perspectiva, la actividad de la flora y la fauna se volvió anormal, intensa y claramente peligrosa. Plantas creciendo con una rapidez inquietante, animales mostrando comportamientos más agresivos, cuerpos más grandes, más densos, más difíciles de controlar.

  El maná conocido cómo Atlasium seguía actuando sin pausa. Sus efectos avanzaban a pasos agigantados, modificando la fauna y la flora de formas evidentes. Los cambios no eran sutiles. Tallos más gruesos, hojas más resistentes, cuerpos animales endurecidos. Algunas de estas transformaciones parecían ayudar a ciertas especies a adaptarse mejor, a sobrevivir con mayor eficacia. Otras, en cambio, las volvieron peligrosas. La mayoría desarrolló una resistencia anormal: el metal común ya no bastaba, las balas perdían efectividad, los impactos no producían el da?o esperado.

  Cada día, los registros previos dejaban de servir. El Atlasium alteró por completo lo que se creía conocer. La botánica y la biología, disciplinas basadas en reglas claras y estructuras definidas, comenzaron a quedar obsoletas. Clasificaciones, estudios y teorías se volvieron insuficientes. Lo que antes se ense?aba como conocimiento sólido dejó de explicar lo que estaba ocurriendo frente a los ojos.

  Todo fue cambiado, modificado, reescrito."

  —Libro: Historia de los cambios que causaron el desastre del maná

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  Radiación. La palabra aparece y, de inmediato, arrastra imágenes pesadas y conocidas. Su mente se llena con escenas de Chernóbil: estructuras grises, advertencias pintadas, silencio contaminado. Luego, sin pausa, Hiroshima y Nagasaki, destellos blancos, sombras impresas en las paredes, ciudades reducidas a ceniza. Todo eso se superpone en un instante, como fotografías quemadas una sobre otra, difíciles de apartar.

  Le cuesta aceptar que los gobiernos de todo el mundo hayan logrado mantenerse alineados, sosteniendo el mismo silencio durante tanto tiempo. La idea se siente densa, incómoda, casi irreal. Sin embargo, también percibe la fragilidad del asunto: anunciar algo así sin pruebas sólidas sería gasolina pura para el pánico. Una radiación proveniente de un cometa, con efectos diversos y aún mal comprendidos, sonaría descabellada para cualquiera. Bastaría una sola declaración mal formulada para desatar histeria colectiva al amanecer siguiente.

  La escena se dibuja sola. Estantes vacíos. Gente apresurada. Compras impulsivas. Comida desapareciendo primero, luego el agua, después cualquier cosa que prometa seguridad. El simple pensamiento tensa su cuerpo, le aprieta el pecho. Todo podría romperse muy rápido si el miedo se filtra sin control.

  El cansancio empieza a ganar terreno sin pedir permiso. Las ideas se vuelven más lentas, menos nítidas. Sus párpados pesan, la respiración se vuelve profunda y constante. Poco a poco, el ruido mental se apaga, como una radio bajando el volumen. Se queda dormido sin darse cuenta, arrastrado por el agotamiento, dejando esas preocupaciones suspendidas, inconclusas.

  En algún punto de la noche, Ash se acerca. El gato se acurruca a su lado, su cuerpo tibio presionando suavemente contra él. El peso es ligero, constante. El contacto rompe el frío de la cama, y el ritmo tranquilo de la respiración del animal acompasa la oscuridad. El silencio vuelve a asentarse, espeso y quieto, mientras ambos permanecen inmóviles.

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  Abrió los ojos y lo primero que encontró fue el techo: una superficie inmóvil sobre su cabeza que marcaba el contorno de la habitación. El primer impulso fue volver a entregarse al sue?o; giró el cuerpo con el roce de las sábanas, buscó la posición cómoda y se dejó caer otra vez en la almohada. El peso de los párpados lo reclamó con fuerza y, sin resistencia, volvió a dormitar una hora más.

  Cuando despertó de nuevo, sintió el cuerpo más pesado, como si el sue?o le hubiera pegado por dentro; la boca estaba seca, áspera en la lengua. Se incorporó despacio, apoyando las palmas contra el colchón, y el recuerdo de la sed lo obligó a moverse. En la mesita de noche tenía siempre un vaso con agua para estas urgencias; lo tomó con un agarre firme y notó el frío del vidrio contra la piel. Un trago largo y profundo recorrió su garganta, soltando la sequedad en un hilo fresco que lo terminó de despertar por completo: el agua bajó, el cuerpo respondió, los ojos se le aclararon.

  A pesar de eso, la cabeza seguía como un nudo: pensamientos revueltos que asomaban y se escapaban. Al voltear la vista, la fotografía enmarcada sobre la mesita lo alcanzó como un ancla. Allí estaban sus padres; la imagen le devolvió una línea de calma. La sonrisa le brotó sin pensar y dijo en voz baja, casi arrastrando la saliva aún húmeda por el agua: ?Buenos días, mamá, papá?. La frase quedó flotando en el aire, breve, contundente.

  Se giró luego hacia Ash. El gato estaba enroscado en una bolita perfecta, el pecho subiendo y bajando con respiraciones medidas. Sus dedos rozaron el pelo; la textura era densa y caliente, un cuero fino que cedía bajo la presión de la mano. Ash respondió con un ronroneo, un motor grave que vibró contra la palma. ?Buenos días a ti también, Ash?, susurró, y la voz sonó más firme ahora, lavada por el agua.

  Se incorporó con lentitud, notando el ruido sordo de la columna al estirarse; los hombros crujieron discretos, como si las articulaciones reclamaran espacio. Alargó los brazos sobre la cabeza y dejó escapar un suspiro que llevaba dentro alivio y cansancio. La sensación de estiramiento recorrió la espalda y los huesos procedieron a acomodarse con peque?os chasquidos que, por efecto del movimiento, sonaron suaves.

  Sus ojos recorrieron el cuarto buscando el hilo perdido de lo que había pensado la noche anterior. Fue entonces cuando lo vio: el saltamontes posado cerca, de un tama?o que ocupaba casi la palma de su mano. La imagen se le imprimió en la retina; los contornos del insecto, la articulación de sus patas, el brillo leve en su exoesqueleto. Al verlo, los fragmentos dispersos en su mente comenzaron a encajar y los recuerdos que faltaban volvieron, empujando hacia la superficie con la misma precisión con la que había dispuesto el vaso sobre la mesita.

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  Se acercó al insecto inerte y, al observarlo de cerca bajo la luz del día, la imagen se volvió más nítida, más cruda. Los contornos estaban bien definidos, el cuerpo rígido parecía tangible de una forma inquietante. Con la información de la noche anterior aún fresca, el insecto ya no parecía una simple anomalía: tenía el aspecto de algo salido de un cuento de terror, pero estaba allí, inmóvil sobre el escritorio. Esa era la nueva normalidad: convivir con estos animales alterados, desproporcionados, presentes incluso dentro de su habitación.

  ?Algo cambio en humanos?

  Bajó la vista hacia su propio cuerpo, buscó diferencias, algo fuera de lugar. No encontró nada. Caminó hasta el espejo y se plantó frente a él. La superficie reflejó su figura completa, firme, definida. Se observó con atención; estaba satisfecho con lo que veía. Las horas dedicadas a las artes marciales mixtas habían dejado huella, cada músculo marcado era prueba de ello. Giró un poco el torso, comprobó los ángulos, verificó que el único testigo de esa escena fuera Ash. Entonces empezó a adoptar distintas poses, tensando brazos, hombros y abdomen, forzando los músculos para que resaltaran bajo la luz. Le gustaba hacerlo, le resultaba casi satisfactorio.

  Dejó esas tonterías a un lado y regresó al escritorio. El insecto seguía allí, exactamente donde lo había dejado. Tomó un desarmador plano; el metal estaba frío al contacto con los dedos. Lo acercó con cautela y tocó el cuerpo del saltamontes. Nunca había experimentado con insectos ni animales. Lo más cercano había sido jugar de ni?o con una lupa, concentrando la luz sobre hormigas de fuego hasta quemarlas. En aquel entonces lo había hecho sin pensar. Ahora, ese recuerdo le provocó una incomodidad seca. Con el tiempo había desarrollado un gusto particular por las hormigas; incluso había tenido un hormiguero, había criado una colonia completa. La reina había muerto el a?o anterior, y poco después, las obreras habían corrido la misma suerte. La memoria pasó rápido, sin detenerse.

  Aumentó un poco la presión con el desarmador sobre el insecto. Calculó que sería suficiente para abrirlo. No ocurrió nada. El cuerpo resistió. Frunció el ce?o y presionó un poco más. Entonces se escuchó un crujido seco: el exoesqueleto se partió con un sonido similar al de la cáscara de un cacahuate al romperse, aunque más frágil en el tono, pero claramente más resistente de lo que debería ser para un saltamontes común.

  La sensación le resultó extra?a. Continuó revisando los restos con cuidado, moviéndolos ligeramente con la punta del desarmador. No encontró nada fuera de lo evidente. Solo eso: resistencia. Una dureza anormal. Nada más.

  Finalmente, apartó los restos del insecto y limpió el escritorio con movimientos rápidos. Al hacerlo, su mirada cayó sobre el celular. La pantalla mostraba varias notificaciones. Eran mensajes de su tía, todos cargados de preocupación. Tomó el teléfono, tecleó una respuesta breve, directa, asegurándole que estaba bien, pidiéndole que no armara un alboroto todavía. Luego dejó el aparato a un lado, con la pantalla apagada.

  Se puso ropa para hacer deporte: prendas delgadas y cortas que dejaban pasar el aire, adecuadas para el calor que ya se sentía desde temprano. La tela ligera rozó su piel mientras se cambiaba, fresca al primer contacto. Antes de cualquier otra cosa, fue a la cocina y preparó el desayuno. Comió dos sándwiches, uno tras otro, masticando con calma, y los acompa?ó con agua fría de guayaba que había guardado en el refrigerador. Al destapar el recipiente, el frío escapó en un aliento breve; el sabor dulce y refrescante le recorrió la boca y la garganta, levantándole el ánimo de inmediato. Ese sabor, familiar y bien hecho por él mismo, siempre le producía el mismo efecto.

  Sirvió la comida de Ash en su plato como de costumbre. El sonido seco del alimento al caer resonó en la cocina. Esperó la reacción habitual, pero esta vez no ocurrió. Ash se acercó, olfateó apenas y se apartó sin probar bocado. Aquello era extra?o. Conociendo lo glotón que era su gato, el plato intacto se volvió una imagen incómoda que quedó flotando en el ambiente.

  Después se ocupó de las tareas básicas. Lavó lo necesario, tendió la cama estirando bien las sábanas, alisándolas con las manos hasta dejarlas firmes. Cada movimiento era automático, repetido, parte de una rutina conocida. Cuando terminó, despejó el espacio y comenzó a ejercitarse dentro de la casa. Siguió su rutina habitual, movimientos precisos, controlados. El cuerpo entró en ritmo. El sonido de su respiración se volvió constante, el sudor empezó a brotar y a recorrerle la piel. Los músculos trabajaban, se tensaban y relajaban una y otra vez. Terminó exhausto, con la camiseta húmeda y pegada al cuerpo, pero con una sensación clara de satisfacción física. El cansancio era real, pesado, pero limpio.

  Mientras el cuerpo se movía casi por inercia y las repeticiones se sucedían una tras otra, su mente se mantenía activa. La sustancia llamada Atlasium volvía a aparecer, asociada a todo lo que había investigado la noche anterior. Sabía que seguía en el ambiente, que estaba presente en todos. En medio de un ejercicio, giró apenas la cabeza y vio a Ash de reojo: el "gato" estaba recostado en su sillón, estirado con total comodidad, ocupándolo como si fuera un trono. La escena contrastaba con su propio esfuerzo físico.

  Terminó la rutina y se quedó de pie unos segundos, respirando hondo, dejando que el sudor se enfriara sobre la piel. La idea de que aquello continuara allí, presente, sin se?ales de detenerse, seguía latente. No había indicios claros de que desapareciera ni de que se degradara con el tiempo o por el medio ambiente.

  Lo que más lo inquietaba era el ambiente que lo rodeaba. La tensión se sentía densa, casi palpable, como si el aire estuviera cargado. La posibilidad de que el miedo se propagara estaba ahí, latente, visible en cada pensamiento abrupto. La idea de personas reaccionando de forma descontrolada se superponía una y otra vez. Bastaba imaginar una histeria colectiva para que el cuerpo se le mantuviera rígido, con los músculos aún calientes por el ejercicio. Y, por encima de todo, estaba la delincuencia: la posibilidad de que aumentara, de que se desbordara todavía más de lo que ya estaba. Esa sensación no se iba. Permanecía pesada, clavada, mientras el sudor se secaba lentamente sobre su piel y el silencio de la casa volvía a imponerse, sólido y absoluto.

  Después se metió a la ducha. El agua cayó sobre su cuerpo con un golpe frío al inicio, recorriéndole la espalda y los hombros, arrastrando el sudor y el calor acumulado. El vapor llenó el espacio en segundos. Al salir, se secó rápido y se vistió con un pants ligero y una camiseta blanca de manga corta, sencilla, limpia. Se calzó unos tenis deportivos, ajustándolos con firmeza. Todo era cómodo, pensado para quedarse en casa. Su intención era clara: pasar el día jugando videojuegos, subir de rango en varios de ellos. La competitividad le corría por dentro; le gustaba ganar, le gustaba esa sensación directa y contundente de victoria que solo los juegos podían darle.

  Pero esos planes se rompieron de golpe.

  Un sonido seco resonó en la casa. Provenía de la puerta.

  El silencio cayó de inmediato, espeso, absoluto. Se quedó quieto, escuchando. Por un instante pensó que podrían ser personas de alguna religión, de esas que pasan casa por casa predicando. Su primer impulso fue el de siempre: no hacer ruido, ignorarlos, dejar que se marcharan solos. Permaneció inmóvil, atento.

  Entonces se escuchó un golpe fuerte contra la puerta. Justo después, un sonido metálico y breve, parecido al de una grapadora accionándose. Luego, pasos. Pasos que se alejaban con rapidez, perdiéndose poco a poco.

  Esperó unos minutos. El silencio regresó, pero ya no era el mismo.

  Se acercó con cautela y abrió la puerta. Al asomarse, vio la escena con claridad: a unas tres casas de distancia, varios hombres vestidos con uniformes militares avanzaban por la calle. Se detenían frente a cada vivienda y pegaban papeles en las puertas, uno por uno. El sonido de las hojas al ser fijadas se repetía de forma constante, mecánica, mientras seguían avanzando casa tras casa.

  Se quedó mirando la puerta y, fijada en el centro, vio la nota. El papel estaba sujeto con firmeza, recto, sin arrugas, contrastando con la superficie de la madera. Se acercó un poco más y leyó con atención.

  ATENCIóN

  El texto ocupaba casi toda la hoja. Indicaba que todos los ciudadanos a quienes les hubiera tocado bola blanca y que ya hubieran realizado su servicio militar debían presentarse en la 4.a región militar en un plazo de tres días, a las 8:00 a. m. Serían reclutados para realizar ejercicios militares. Más abajo, el aviso continuaba: los demás hombres debían mantenerse dentro del país para seguir futuras indicaciones y, en caso de ser llamados, presentarse cuando se les notificara. El mensaje cerraba con una disculpa formal por las molestias ocasionadas.

  Leyó el aviso una vez más, recorriendo cada línea. Por lo que entendía, algo no cuadraba. O les faltaba personal, o existía alguna otra razón que no se mencionaba en absoluto. Recordó cómo funcionaba normalmente: al cumplir los dieciocho a?os, se tramitaba la cartilla militar y se hacía un sorteo aleatorio con bolas negras y blancas para definir quién realizaba el servicio obligatorio. A él le había tocado bola negra, lo que lo dejó exento. Tenía entendido que, en general, ese servicio no era más que correr, barrer y cumplir con tareas básicas.

  Estiró el brazo, arrancó la nota de la puerta con un tirón seco y la dobló sin cuidado. Caminó hasta el bote de basura y la dejó caer dentro. El papel se perdió entre otros desechos con un sonido apagado.

  Regresó al interior de la casa. Al sentarse en su silla gamer, acomodándose frente al escritorio con la intención clara de empezar a jugar y subir de rango, un pensamiento comenzó a tomar forma con fuerza en su mente. Se quedó quieto un segundo.

  ?Para qué querían ejercicios militares? En su país, ese tipo de actividades solían limitarse a fechas específicas: el Día de la Independencia, la Revolución Mexicana, el Día del Ejército. Desfiles, formaciones, actos públicos para la población. Nada más.

  Justo cuando estaba a punto de seguir ese hilo, algo lo interrumpió.

  El celular vibró de repente dentro del pantalón. El zumbido fue breve pero suficiente para sacarlo de golpe de sus pensamientos. Metió la mano, lo sacó y miró la pantalla. Allí aparecía una notificación clara: tenía un mensaje nuevo de “Tía Rosa” ??.

  Cuando vio el mensaje, en la pantalla solo aparecían tres palabras claras y directas: “Ve al canal 7”.

  El texto era breve, sin explicaciones adicionales. Aun así, le resultó extra?o. Sabía perfectamente a qué se refería.

  Sin perder tiempo, encendió la computadora. El ventilador interno comenzó a zumbar suavemente mientras la pantalla se iluminaba poco a poco. Movió el cursor, abrió el navegador y entró a la página oficial del canal. En cuestión de segundos, localizó la transmisión en vivo y la reprodujo.

  El video llenó la pantalla.

  Lo primero que apareció fue una grabación inestable: una manada de bisontes avanzando con una fuerza descomunal. Eran enormes, claramente más grandes que un carro mediano. Sus cuerpos macizos se movían al unísono, levantando polvo y sacudiendo el suelo. En el siguiente instante, uno de ellos embistió un vehículo. El impacto fue seco, brutal. El metal crujió al deformarse y el automóvil salió desplazado varios metros, arrastrándose por el suelo hasta detenerse con una abolladura profunda que recorría toda la carrocería.

  El video cambió.

  Ahora mostraban a un rinoceronte de tama?o colosal. La imagen era más clara, tomada desde cierta distancia. A su alrededor yacían varios vehículos destrozados, volcados o reducidos a fragmentos irreconocibles. En el suelo se distinguían formas humanas inmóviles y restos esparcidos entre pedazos de metal. La piel del animal estaba cubierta de impactos; decenas de marcas de balas visibles, pero ninguna parecía profunda. Desde la toma aérea de un dron, se apreciaba al rinoceronte moviéndose con calma, arrancando plantas del suelo y masticándolas lentamente, como si no tuvi

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